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El junkie más famoso del mundo A los 14 años ya tenía una canción éxito. A los 18, era líder de Velvet Underground un grupo que desayunaba provocación y almorzaba escándalos. Cuando llegó la hora de la cena, ya se había largado de la banda. Desde sus inicios, se declaró consumidor de drogas. Su canción más famosa se llamó Heroine. Huyéndole a los sesenta años, Lou Reed aparece con Ectasy, el más reciente clamor de un junkie redimido. Por: Juan Esteban Osorio Calle22.com, Bogotá Haciendo el torniquete Cuando Lou Reed tenía 17 años, sus padres, una pareja judía del Brooklyn de la post guerra, decidieron que sus malas notas y sus tendencias homosexuales, necesitaban atención. Urgente. Y drástica. Así que al adolescente Lou, le aplicaron durante mes y medio, tres sesiones de electroshocks por semana, para sacarle el diablo que llevaba adentro. Pero el diablo era él y la terapia de choque solo sirvió para agregarle la electricidad que le hacía falta a su guitarra. El joven Reed dejó todo atrás y se plantó en medio de un escenario con sus amigos John Cale, Sterling Morrison (fallecido hace algunos años) y Maureen Tucker, quienes bajo el nombre de Velvet Underground, se dedicaron a revolcar la juventud de los 60. Mientras los adolescentes apenas levantaban tímidamente los brazos bajo los acordes del Love me do de Liverpool, los Velvet se aporreaban el brazo, desenfundaban la jeringa y se calzaban el ropaje de cuero de los sadomasoquistas. Desde el principio de su carrera, Lou se declaró como un amante de las drogas: duras, blandas, lo que fluyera mejor, eso era lo suyo. Decía que le ayudaban para escribir, y que no le estorbaban para nada. En su himno, que convirtió en el de una generación, esgrime: "Aquí está la heroína, que trasciende todos los hombres, encerrados en la caja. Los dejará salir la Dama?". Sin embargo, el adalid de la dama aclara: "No compuse Heroin como una invitación a la droga. Simplemente hablé de una forma de vida". Así lo conoció Andy Warhol, en un bar de Nueva York, e inmediatamente se ofreció como manager y mecenas. La producción de la banda no pasó de cuatro discos, pero fueron tan contundentes como para dejar su nombre inscrito con canciones legendarias como Sweet Jane, Heroine y Femme Fatale. Las dosis estaban surtiendo efecto. Alistando la jeringa Reed se cansó pronto de los otros Velvet... y ellos de él. Así que se lanzó a lo suyo, con su guitarra y sus ímpetus trasvestistas. Provocador hasta el delito, se forjó un nombre que se sentaba justo donde nadie quería hacerlo. Armado de su guitarra, de su voz extrañamente calma, y de letras tan afiladas como las agujas que se inyectaba, Lou Reed escribió un capítulo único dentro del rock: letras que hablaban de sexo explícito y pervertido, alusiones a la decadencia norteamericana, y poesía inspirada en la sobredosis y el masoquismo. Tuvo una época marginal: despreciaba a los demás y no le importaba ser despreciado por ellos. Chris Colin, periodista de Salon.com define la influencia de Reed dentro de la comunidad homosexual de la época: "Elton John demostró que estaba bien ser gay y rockero; David Bowie los hizo cool y Lou Reed los hizo rudos". El príncipe de la desolación jamás tuvo que levantar su voz hasta la estridencia. Con sus canciones bastaba. John Cale, su compañero de Velvet, habló para una revista de música de los setenta acerca de las letras de la banda: "Todas las canciones de Bob Dylan eran preguntas. Y no queríamos seguir oyendo interrogantes. Si nos ofrecían situaciones sociales duras, les mostrábamos las respuestas tan pronto como podíamos". Aguja y vena Los setenta fueron fuertes en la música de Reed. En 1972 definió toda una generación con su Walk on the wild side que sigue siendo un himno y una declaración de finales -Lou Reed jamás ha tenido principios-. Cada vez que se quiere hablar de extremos, excesos y perversiones, se apunta al mismo destino: "otro que viene o va del lado salvaje". De los doce discos grabados en los setenta, hasta los más complacientes reconocen que algunos fueron totalmente experimentales y sosos. Caso Metal Machine Music y Street hassle. Pero seguía siendo el mismo Reed, ácido y demoledor. Se alejaba tanto de los parámetros, que dentro de los músicos que lo acompañaban, corría el rumor de una amenaza latente: el que incurriera en acordes o ritmos del blues, debía pagar una multa. Así de simple. Los ochenta no fueron tan prolíficos, pero si sustanciosos. Su disco New York le definió a varias generaciones el hermoso monstruo que habitaban. -Gracias Lou, le dijo la ciudad que encarnaba toda la decadencia social y económica de los Estados Unidos de la era post Reagan. Paseos musicales por calles infestadas de adictos sin la gracia y el talento del que cantaba, fueron la banda sonora de los primeros años de los noventa. Lou empezaba a suavizarse. Pero sin quebrarse. El Extasis A Lou Reed le llegaron los cincuenta, en plena ebullición de los noventa y el sonido alternativo. Recién los cumplió, se unió a su ex-compañero de Velvelt, John Cale, para grabar Songs for Drella, un sentido tributo a su amigo y protector Andy Warhol. Accedió aparecer en cintas de amigos suyos: a Wim Wenders le echó una mano en Farway, so close! (Tan lejos tan cerca) y a Paul Auster, otro cronista neoyorquino, le dio declaraciones de su Brooklyn natal para Blue in the face, la secuela de la aclamada Smoke. Por estos días, Lou Reed anda a unos pasos de los sesenta años. Ahora accede sin tanto resabio a dar entrevistas y no se burla de los periodistas. En una entrega reciente de la Rolling Stone, la periodista encargada de lidiar al monstruo, suelta un dato revelador: Lou Reed se ríe. Aprendió a hacerlo sin sarcasmo, sin burla, se ríe ingenuamente, de cualquier cosa. Son mejores tiempos para un alma torturada por sus propias trampas, y un cuerpo sometido a los excesos. Puede que Lou Reed sea más amable, pero no por eso menos incisivo. En el 96 se ganó los odios de la mitad de los Estados Unidos (la mitad republicana) y los aplausos de la otra mitad, gracias a su canción Sex with your parents (Motherfucker!). La letra se explica sola: no es ninguna alusión incestuosa: es simplemente una forma de criticar las posiciones solapadas de la derecha norteamericana, comparándola con lo más sucio que mente alguna pudiera imaginarse: tener sexo con los padres. Ahora, después de lanzar su Ectasy, insiste en no cambiar. Conserva lo corrugado de su voz, calma, serenamente explosiva. Las guitarras siguen ahí, tanto las eléctricas como acústicas. Rock puro, con letras contaminadas de whisky y desazón, a lo Chandler. La historia del pop le ha ido dando la razón. Rubén Blades lo invitó a grabar dos canciones con él y Lou aceptó complacido. Sus críticos lo llaman a gritos: "¿Dónde está el cabrón que solía decirnos cabrones?". Vaclav Havel, el intelectual que se hizo cargo de la República Checa después del comunismo, le dio la mejor palmada en la espalda: "Su música ha jugado un papel muy, muy especial en la liberación de nuestra nación". Lou Reed les sonríe a todos, demostrando que después de viejo, aún se aprenden nuevos vicios. |
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