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Maldito mundo Aturdidos por la homogeneidad de quienes los rodean, algunos deciden que mediante alteraciones de su cuerpo pueden revolucionar el mundo, por lo menos el suyo, y salir triunfantes de la muda mayoría. El problema comienza cuando son tantos que, ellos mismos, comienzan a ser mayoría. César se impone a la ley Un par de policías, unos 18 años, cara de niños, uniforme demasiado holgado y escudo de la Patria en el hombro. Suben las escaleras que los llevan al cuarto pequeño, una especie de manzarda, donde hay una mesa llena de instrumentos y una silla de odontólogo. La escalera de caracol, demasiado empinada, les permite reconocer tarde al hombre que los espera arriba. Treinta años, corpulento, metido en una camiseta negra, pelo largo, barba y los brazos cubiertos de tatuajes. Sin separarse de la mesa donde astá apoyado ni descruzar los brazos los saluda: "¿En qué puedo ayudarles?" Detrás de los niños sube otro de los empleados del local: "Julio César, ellos son los del piercing en la lengua". El primero, al parecer conocedor del asunto, le dice a Julio César que su amigo quiere ponerse un arete "igual a "éste". Aquí saca la lengua y muestra el suyo: Un cilindro muy fino culminado a cada lado por dos esferas. "Claro, siga", dice Julio César. El otro, sintiéndose ya protagonista, avanza valiente. Un paso decidido, mira la silla y vacila. Le dice a su amigo: "Marica, por su bien espero que esta vaina no me duela". Salvado su orgullo, y al no tener otra opción, se deja guiar hasta la silla. Julio César le ordena abrir la boca y cruza el Rubicón de los dientes y, armado de desinfectante, un marcador azul y unas pinzas, marca la lengua con un punto azul en la coordenada acordada; la aprieta como si fuera la de una res y, finalmente, la penetra con una aguja gruesa. Si se oyera con suficiente atención se escucharía el sonido sordo de la aguja penetrando la lengua. La suerte está echada. Después, lo de siempre. Pasar el cilindro del piercing por la aguja, sacar la aguja y atornillar las esferas a lado y lado, aplicar un poco más de desinfectante y listo. "Ya. Puede cerrar la boca. No coma nada irritante durante dos semanas. No fume y utilice un enjuague bucal después de cada comida; así no va a tener problemas. Si algo pasa, aquí está la tarjeta, llámeme. " Obediente, el otro asiente y cierra la boca. Con evidente incomodidad muestra su lengua sangrante y orgulloso dice: "No... no me dolió nada". Por 25 mil pesos (algo así como US$12.oo) el señor agente se aplicó una perforación en la lengua y el discutible privilegio de cargar con un pedazo de metal cada vez que hable, saboree, lama o bese. Tiene que escondérselo a su superior, claro, pero forma parte del selecto grupo de hombres capaces de dejarse penetrar el cuerpo para demostrarlo. "No incomoda para hablar", dice Julio César, que también tiene uno un poco más grande desde hace más de cuatro años . "Sirve para matar el estrés, cuando estoy preocupado o aburrido me pongo a jugar con la lengua. Además, sensorialmente da muchas posibilidades. Besar es diferente, Da la posibilidad de jugar con algo nuevo, no sé cómo explicarle, a mi novia le encanta." Guerreros MTV Richard está sentado muy cómodamente. En un sillón de cuero, estira las piernas y se pierde entre las doce pantallas de televisión que sintonizadas en la misma estación, parpadean al mismo tiempo. Hace tatuajes desde hace más de cinco años. Trabaja por catálogo o con sus propios diseños, la mayoría de ellos con formas prehispánicas. "Tribales", explica. "Las Tribales son estas formas abstractas que terminan en puntas y están inspiradas en modelos indígenas. Desde pequeño me sentí atraído por estas figuras, ahora se las puedo pintar a los demás. Me gustan especialmente las mexicanas, pero puedo pintar cualquiera". Todos los días tiene algún cliente. Desde una rosa muy pequeña en blanco y negro-el motivo más común- que puede costar alrededor de 30 mil pesos (aproximadamente US$14.oo), hasta un dragón de colores que ocupa toda la espalda (800 mil pesos, US$400 dólares). Coincide con Julio César en que los tatuajes se pusieron de moda hace seis u ocho años. "Los pusieron de moda, ¿si entiende? La televisión gringa, las estrellas del rock, las figuras marginales que querían parecer diferentes, ahora se volvió una cosa de todo el mundo." Sentarse, escoger un modelo que se va a llevar en la piel durante toda la vida -salvo que se quiera hacer una inversión más grande y mucho más dolorosa- se volvió una cosa de todos. Sentarse y ponerle el cuerpo a un tipo para que con un juego de agujas le metan a uno tinta debajo de la piel se volvió una cosa de todo el mundo. "No hay mayor problema. No se siente demasiado dolor. Si uno es cuidadoso, inclusive, la piel casi no se hincha. Basta con tener un poco de cuidado durante los primeros días y, sobre todo, no quitarse la costra que va saliendo. Si uno se la quita le queda una cicatriz blanca." Richard mismo tiene tatuados los brazos y los antebrazos, con sus modelos preferidos. "Antiguamente los tatuajes eran utilizados para demostrar la mayoría de edad de los guerreros; entre más tatuajes mostrara, más fuerte era. Ahora la gente se pinta por pura moda, por demostrar que es capaz de hacerse esto o porque, simplemente, pierde una apuesta con los amigos.O para ganarla." Cada vez que viene un cliente, Richard le pregunta qué le gusta, cuáles son sus aficiones más fuertes, tratando de darle alguna consistencia al asunto. A veces funciona, a veces no. Los guerreros se ponían objetos en el cuerpo y pintaban, entre otros motivos rituales, para mostrar su fiereza en el combate, para defender su territorio o asegurar la comida de esta noche. Hoy, el tatuaje más impresionante para el guerrero podría ser el que se estampa, sin agujas, sobre un cheque o en el boucher de su American Express: Sonia Braga, Fernando Botero, Jerry Sainfield... Susana & Co. "Maldito mundo. Aburrido, por lo menos." Con la mano Iván se toma la incipiente barba entre los dedos y mira para otro lado. Afuera pasa la gente por la calle, gente común y corriente, homogénea, silenciosa, perdida. Iván respira profundo y vuelve a la habitación. "Yo no le veo el problema a vestirme diferente, a usar tatuajes, a hacerme piercing. No entiendo por qué para mi papá es tan difícil que yo salga con mis amigos." "Maldito mundo. Aburrido, por lo menos." La lengua de Susana juega con un arete que pende de su labio, y el que está en su lengua a veces choca con el primero. "Me encanta la sensación cuando los dos se rozan. Tengo uno en el ombligo, tres en la oreja izquierda y dos en la derecha. Me quiero poner uno en la nariz." ¿Cómo el de una vaca?, Nariguera, lo llaman. "Sí. Como el de una vaca". Iván y la novia salen hace dos meses y medio. Se hicieron tatuajes en el cuello, una flor extraña que diseñó ella misma, se fueron a un lugar al centro de Bogotá, había un hombre muy flaco con unas gafas muy gordas que se los hizo a un precio módico. Y, ¿qué van a hacer cuando peleen, guardarlo como un trofeo de guerra? Susana anda sola, y confiesa que su pelo muy muy corto y este gusto por ponerse objetos de metal en la piel -clavarse cosas por todas partes, dice mamá- ayuda. "Antes se me acercaban más imbéciles que ahora". A los 17, parece que estuviera de malas con el mundo. "¿Yo? Noo....Lo que pasa es que por lo general los hombres son unos idiotas." Tiene, también, colgada en el cuello una espada de diez centímetros, en plata, que mandó a hacer especialmente a un artesano que trabaja en el parque frente a su casa. "Es un mandoble. La línea de la mitad es el canal por donde corría la sangre del enemigo, además ayudaba a que el vacío no dejara la espada trabada en el cuerpo de la víctima". Efectivamente, parece estar en guerra. Una medieval, todos contra todos, armados con los hierros que puedan cargar con las manos. "Ahora salgo solamente con los amigos de mi grupo." Como en la sociedad feudal, las víctimas se agrupan para defenderse. Susana & Co., ¿Víctimas de qué? |
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