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Equilibristas al borde del siglo Algunos no se comen el cuento, otros definitivamente sí. Se quedan pegados a las faldas de las normas de sus papás, y mueren convencidos de que están en lo cierto. Es difícil, sin embargo, mantenerse en pie sobre un mundo que parece deshacerse como un terrón de azucar sobre un pozo de agua. Todo a su alrededor se viene al piso, y ellos siguen, expertos, tratando de mantenerse como si no pasara nada. A comienzos de los ochenta, el anhelo profesional de la mayoría era ser jóvenes promesas hechas realidad, ir siempre bien vestidos y mejor acompañados y, definitivamente, tener su vida económica asegurada antes de haber cumplido cuarenta. Esperaban ser perfectamente bilingues, como si hubieran vivido más de la mitad de su vida en Estados Unidos, llevar el pelo muy corto, conducir un auto importado -si alemán o inglés mucho mejor-, y tener la extraña capacidad de hablar por dos teléfonos cuando menos al mismo tiempo. También, obvio, ir adelante de usted en todo: su vida debería ser REALMENTE importante, y no tendrían tiempo de estar atrás de un tipo común y corriente. El término “estar en la cresta de la ola” fue pensado específicamente para ellos. Hoy, sin embargo, es evidente que el modelo funciona muy difícilmente -eso por ser optimistas-, por lo menos en estas brutales sociedades sembradas al sur del Río Bravo. La clave de estar en la cresta es que la mayoría está abajo, aguantando. Sobrevivir, simplemente, es el más difícil trabajo del Súper-Yuppie latinoamenricano. Ricardo Arango Ricardo, muy formal, con excelentes notas en un muy serio colegio ubicado en un exclusivo sector de la ciudad. Ricardo siempre le hizo caso a su mamá, trabajó en vacaciones, cero trago los fines de semana y perfecto guía espiritual de sus hermanitos. Atento siempre a lo que pasaba en el mundo, coleccionó las publicaciones que venden en las puertas de los supermercados. Desde El libro Gordo de Petete hasta National Geografic: Tenía que estar informado, ser competente en el mundo en el que se movía. Escogió muy bien la universidad, muy bien. Una realmente costosa para el sueldo de papá y mamá. Una de las que mira la ciudad desde arriba. Allá subía codearse con lo más selecto de la academia neo-liberal, con los dientes más afilados del capitalismo bestial. Sus papás no vivían ya juntos, así que tuvo que conseguir trabajos cada vez más serios en vacaciones, vender sánduches y brownies entre clases y mantener sus gastos semanales con el perfil más bajo posible, aunque sin desentonar demasiado con sus amigos de curso. Con mucho esfuerzo -Ricardo fue siempre un muy buen trabajador, responsable, convencido y ambicioso- fue sacando adelante el asunto. Tenía que joderse desde muy temprano hasta muy tarde, eso es cierto, pero el asunto valía la pena cuando llegaba a su casa y su mami lo recibía con un abrazo y un plato de comida caliente. “Son tiempos difíciles, le decía, pero metiendo el hombro se puede salir adelante”. En fin. Fulano metió el hombro, vivió los tiempos difíciles, los platos de comida caliente y el trabajo por la mañana, a media tarde y por la noche. Claro que se graduó. Con honores, “la educación tiene que ser lo más importante.” Linda corbata, lindo vestido, Fulano fue Ingeniero Industrial. Ya se imaginaba perfecto empleado, ascendiendo rápidamente en un organigrama que funcionaba tal y como le habían enseñado en la universidad, como en las películas, como en los cuentos de hadas contemporáneos.Dos carros en la puerta, viajes al extranjero, tú sabes, el trabajo, reunión de gerentes en Huston, “Mua mua, te extraño, llego este miércoles, ¿cómo están los niños?” Y así. Pero no. O sí. Trabajo sí tuvo. Lo contrataron recién graduado en una pequeña empresa, apenas naciendo, en la que le pagaron menos de lo que esperaba aunque prometiéndole un ascenso con aumento “tan pronto la situación lo vaya permitiendo”. Dos años estuvo ahí, esperando a que la situación lo permitiera, pero no. Mientras tanto se metió en un préstamo para comprar un carrito que le robaron mientras saludaba a su mamá, enfrente de la puerta. Lo bueno fue que el seguro le reconoció casi el 90% de la inversión, y se pudo hacer al mismo carro pero dos años más viejito. Un bajo perfil es importante dentro de la actual inseguridad de este país. Al poco tiempo lo contrataron, esta vez en una sólida institución financiera que solamente supo quebrar dos años después, cuando Ricardo ya estaba casado con su princesa rosada y habían adquirido una deuda hipotecaria sobre su primer apartamento, quiero decir su anterior apartamento, pues las cuotas del banco hicieron que lo devolvieran hace poco. Ricardo, muy responsable, claro que consiguió otro trabajo y contrajo otras deudas, tratando de mantener el inestable equilibrio de los ingresos y los egresos. Aún hoy sigue en la lucha, perdiendo algunas batallas y ganando otras. Eso sí, no va a reuniones de gerentes en Huston, apenas si ha podido ir una vez de vacaciones a Miami. Y lo debe todavía. Édgar Ortiz Edgar siempre fue brillante. Cuando niño convencía a sus amigos de lo que le daba la gana, lo echaron de cuatro colegios, por poco pierde el cupo en la Universidad -que nunca le preocupó más de la cuenta- y se inventó un casi infalible sistema para jugar en la bolsa de valores. Logró hacer una cantidad indecente de dinero en unos cinco años, mucho más de lo que sus amigos empleados-regulares. La gran vida vino entonces, lo mismo que una úlcera duodenal -el estrés, tú sabes- del tamaño de una pelota de tenis. Reuniones con los amigos, cocteles aquí y allá, inmensa camioneta, dos motos para salir los domingos, un apartamento de 200 metros, chimenea y balcón sobre todas las miserias humanas. Una novia, además, digna de su vida, y la posibilidad de viajar a Cuba, el lugar de sus sueños, dos o tres veces al año. Édgar sí de paseo por New York. Édgar sí 4x4 último modelo, apartamento en Miami y corbatas italianas. Édgar sí problemas con sus socios cada día más quebrados, todos quieren ser como él pero no hay cama para tanta gente. Édgar sí problemas con los grupos armados de aquí, de allá y de más allá. Édgar deja de ir a sus fincas, Édgar deja de salir en moto porque esas carreteras tan solas. Édgar de viaje, Édgar de escape. Al final Édgar tuvo que definitivamente salir corriendo del país para evitar problemas con quienes amenazaban con secuestrarlo. No puede uno andar mostrando tanto billete cuando más del 20% de la población no tiene trabajo... Édgar se la pasa de acá para allá, buscado por uno, esquivando a los otros, haciendo equilibrio entre Miami, Santiago y Bogotá, donde de vez en cuando vuelve a saludar a la familia, a los amigos, todas esas cosas tan importantes que dejó por irse a tener una vida medianamente tranquila. Cuando pasa en el avión mira por la ventana y no sabe, sinceramente, cómo es que todo esto no se colapsa, cómo es que parece haber todavía una vida cotidiana, cómo es que aquí puede haber vida cotidiana sin él. |
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