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Vinilos de campeonato Herramienta de trabajo de los dj´s, vía principal de difusión de la música electrónica y origen de algunos movimientos de gran éxito comercial como el hip hop y el dance, los vinilos -también conocidos como discos de pasta o acetatos- renacen, a pesar de ser consideradas piezas obsoletas. Con una película de temporada a bordo, se están proyectando como la esperanza de un negocio que amenaza con extinguir el espíritu fundacional de la melomanía y que, en contraprestación, tiene en veremos su futuro económico por el comercio ilegal y no privado de sus nuevos formatos de reproducción. Por: Chucky García Calle22.com, Bogotá Si usted es de los que está arrumando en un sótano de su casa los vinilos que años atrás formaron parte de su colección musical de cabecera, es mejor que lo piense. El mercado de éstos está repuntando tras una década de incertidumbre, surgida a raíz de la aparición del disco compacto y acrecentada con las del mini disc, el DVD y el mp3. Muchos artistas contemporáneos -incluso los ligados a la cultura del controvertido formato de reproducción digital- están editando sus nuevas producciones a través de los llamados “obsoletos discos de pasta”, como una forma de contrarestar la piratería (que amenenaza con una temporada de vacas aún más flacas para la industria del cd) y como una estrategia diplomática para aumentar sus ingresos bajo la premisa de las ediciones limitadas o ediciones de colección. Un número de circulación limitado otorga a la obra de un intérprete un valor agregado que, incluso, supera los costos de las ediciones en digi pack (disco compacto presentado en una caja especial de cartón fino que normalmente incluye un repertorio adicional). En regiones como Europa -donde el debate mp3 vs cd no ocupa todo el espacio del cuadrilatero-, las discotiendas de vinilos de primera están dejando el ghetto para proyectarse como alternativas a la crisis del negocio discográfico, mientras que en la zona constitucional de este último, Estados Unidos, las que ofrecen productos de segunda o tercera mano se mantienen a flote. Muy a pesar de que los críticos las califican solo como lugares para coleccionistas románticos engañados por su propia nostalgia, han podido reofertar la mayor parte de títulos de sus stocks, sin que esto represente una competencia malsana para las estanterías de novedades. ¿Algo más que decir a favor de aquellos objetos de surcos en espiral? Digamos que sí: Alta Fidelidad (High Fidelity), la más reciente película del director Stephen Frears y del actor John Cusack, sin mostrar algún tipo de lectura apologética o alentadora entorno a un regreso masivo de la cultura del acetato, deja en claro que tanto los coleccionistas como los propios vinilos son un mal necesario dentro de una sociedad sin memoria y altamente industrializada, por obedecer a las revoluciones propias del formtao (33 o 45) y no a las de su entorno. De esta comedia dramática de Frears, también se desprende otro hecho palpable: en su afán por acceder a sistemas de reproducción musical mucho más livianos, inmediatos, no privados y globales, el espíritu fundacional de la melomanía ha sido despachado de la vía comercial sin que exista una explicación completa sobre el por qué ponerlos fuera de circulación, mucho más cuando las variables de durabilidad y calidad del sonido no han sido derrocadas con pruebas técnicas lógicas. Los cazadores de acetatos, convencidos de lo anterior y a la sombra de los que promueven las nuevas tecnologías, han demostrado también una capacidad sui generis para fijar una bolsa de valores que no obedece al orden económico mundial que fija los costos estándares de los discos compactos, los mini discos, los DVD y ahora los mp3, sistema alterno y autónomo que se funda en un concepto arcaico pero efectivos: la inteligencia que tiene la oferta para coger en el aire y de un solo golpe la ambición de la demanda. Quizá por ello, en este movimiento de retrógradas con olor a vanguardia, los que están ingresando a última hora están pagando bien caro por el tiempo perdido. No se trata solo del hecho de desempolvar los vinilos y salir a la calle a conseguir títulos que se obviaron en su momento de edición, sino de una restauración mental y disciplinaria que, incluso, exige que el coleccionista se guíe por otras normas diferentes a las tradicionales. No importa si el vinilo coincide con las reseñas achocolatadas de la Billboard, sino el origen de donde proviene (mercado original donde fue fabricado), las condiciones físicas de su cover (portada) o cualquier tipo de particularidad que lo hace único. Hasta las ediciones defectuosas retiradas del mercado. Sin duda, no se trata de ir hasta el equipo de sonido y reacondicionar el tornamesa que un día atrás fue desplazado por un lector de discos compactos o algún similar, sino de retomar paralelamente una rutina sagrada que, para muchos, descansa en paz en un pasado donde también reposan los restos de sus relaciones en familia: limpiar los surcos que dividen las canciones, apilar los vinilos de forma vertical y no horizontal, mantenerlos a una temperatura ambiente no mayor de 27 grados centígrados y protegerlos de la humedad y del polvo con una envoltura de plástico o papel que tenga un gramaje mínimo. ¿Consejos absurdos para un momento histórico donde nuevos formatos de reproducción nos darán un ejemplo superior de asepsia?. Posiblemente sí. Pero lo mejor será tenerlos a mano, muy cerca de nuestras intenciones de comprar un reproductor portatil de mp3, por si el brazo del tornamesa decide aprovecharse de esta crisis de identidad para tomarnos por el cuello y llevarnos de vuelta al mundo de los discos que vienen en fundas de 900 centímetros cuadrados. |
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