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"He pensado con mis tripas desde que tengo 14 años. Y el cerebro de mis tripas está lleno de mierda": Rob-Cusack






Alta Fidelidad, una película de culto... al vinilo

Infelices ochenta. Nos dejaron de herencia lo fluorescente, lo ultra liviano, el pop, el new wave, el hard rock, los últimos acetatos... High Fidelity (Alta Fidelidad) es el más reciente trabajo de Stephen Frears, protagonizado y liderado por John Cusack, un damnificado de la generación perdida entre el hippismo y el grunge.
Por: Juan Esteban Osorio, especial para Calle22.com, Bogotá

Alta fidelidad no es una comedia romántica. Ni una revisión al fracaso. Es una cinta al pop. De los enfermos y retrógrados que se quedaron con los vinilos o acetatos. (Que son románticos..! Por lo mismo: enfermos y retrógrados).

En algún momento, tener acetatos, salir con ellos debajo del brazo (porque ocupaban un buen espacio) era algo así como un orgullo. Porque eran piezas únicas, o por su condición de trabajos de colección excepcionales. Hasta que llegó el Cd y arrasó con los acetatos, que pasaron a ser regalados, vejados, olvidados o utilizados como frisbee de ocasión.

Pero ahora resulta que vuelven a ser piezas que valen oro. Que Pearl Jam saca unas pocas copias de uno de sus trabajos exclusivamente para Cd, y nos jode a todos, porque un acetato, carrasposo, rayado, burdo, pueda costar dos o tres veces el precio que un Cd perfecto, pulido, nítido... aséptico.

Y High Fidelity es justamente eso: un culto a lo pasado. Los tipos que se agarran de los jirones de lo que sea. Una mujer, un recuerdo, una portada de un disco de Bauhaus, para creer que son felices, que esa es la vida que merecen vivir.

Rob Gordon, es el protagonista de la cinta. Es el mismo John Cusack: coincide en edad, estilo, y guión, que a fin de
cuentas es co-escrito por él.

Cusack-Gordon es el dueño de una tienda de discos. Vinilos de Campeonato (¿A dónde cree que va a llegar con ese nombre?). Esa es su vida: tener cerros y cerros de viejos discos que conoce él y unos cuantos más, donde descansa ese edificio de mentiras que es el pop de los ochenta.

El conflicto de la cinta está en que a Rob Gordon lo deja su novia básicamente, porque se dejó morder por la decadencia y la podredumbre de los discos que ama, oye y vende. En otras palabras: se volvió un fracasado. Pero ojo, que no estamos hablando de los perdedores virtuales, los que jamás logran tocar el Himalaya, acostarse con Catherine Zeta Jones o poner un sencillo en el Número 1 de la Billboard. No, estamos hablando de un tipo que tiene un negocio arcaico, poco rentable, que vive de su novia y que encima, carga con el karma de ser siempre al que abandonan sus amores. La cinta empieza con una lúcida reflexión: .¿Qué fue primero? ¿La música o las penas? No sé si oigo pop porque soy infeliz, o si soy infeliz porque oigo pop.

Alta fidelidad es una declaración de principios a esos jirones que fueron el día a día hasta hace un par de años, a ese cerro de mentiras que riñen con los montones de discos arrumados en el sanalejo de la memoria. Y cuando esa lealtad se convierte en compromiso a muerte, no queda otra solución que prepararse a morir o a pelear.

Es lo que hace Rob-Cusack. Después de presentar sus Top 5 de las rupturas más dolorosas de su vida, resuelve enfrentar cada una de esas rompecorazones y averiguar qué es lo que funciona mal en él. Y descubre que lo que está mal es él. Sus ganas de no luchar, de quedarse todo el tiempo haciéndole los coros a Echo&The Bunnymmen y a The Cure, lo han ido clavando a ese pantano que es su vida.

Dirigida por Stephen Frears (Mary Reilly, Héroe por accidente, Relaciones Peligrosas), es una cinta inteligente sobre esa generación que adoró Reality Bites pero que ahora no andan preocupados por el discurso del día de graduación. Aquello parece haber sucedido hace décadas. Ahora, es tiempo de olvidar, y mirar al frente. Cualquier día esta generación se va a despertar y descubrirá que tiene 47 años. Y quieren hacer algo antes que eso suceda.

A pesar de ser una historia bien contada, con lujo de detalles en banda sonora y actuaciones, Alta Fidelidad no va a pasar a la historia de nada. Tal vez se convierta en una cinta de culto: de los fervientes coleccionistas de acetatos, de
los que todavía grabamos casettes con la esperanza de que Marvin Gaye o los de Toto nos den una mano que no ponemos encima, o simplemente para los que adoraron y ahora odian los ochentas. Pero merecería mejor suerte. Al fin y al cabo, es un poco una cinta de denuncia: la culpa la tiene esa década.

Nos jodieron los malditos ochenta.



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