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¡¡¡El ejército de Jello Biafra te necesita!!!

¡¡¡Dios salve al punk!!!

Han pasado 25 años y seguimos celebrando el nacimiento del punk. Qué irresponsabilidad. Sin embargo, y a pesar de que su ideología ha ido del desgreño a la vanidad, las cosas siguen funcionando para este género que, a través de sus revueltas artísticas y escaramuzas anarquistas se convirtiró en una industria de la provocación. Y del entretenimiento. Dios salve al punk.
Por: Chucky García
Calle22.com, Bogotá


Mujeres jóvenes que tiraban sus tampones usados a los músicos, y músicos que declaraban en las revistas de moda comérselos después de cada presentación. Revistas que atacaban en letras mayúsculas a las adolescentes y a los artistas que hacían de los protectores higiénicos un pic nic de mal gusto, y artistas que escribían exitosas canciones sobre las revistas que los acusaban. Y luego, las jóvenes mujeres compraban esos discos que las revistas vetaban con la plata que sus madres les daban para los tampones... Un ciclo de lavadora en el que tampones y discos terminaban en la misma estantería.

Post data: pero el punk sí se podía usar por segunda vez.

El delicioso sabor del desencanto

Asistimos hoy a un nuevo cumpleaños del punk, en el marco de los 25 años de nacimiento de los Sex Pistols, y las cosas parecen no haber cambiado ni en el fondo ni en la forma, al menos en cuanto al negocio se refiere.

Cierto es que la industrialización de su éxito ha dejado de ser algo ocasional para convertirse en un lugar casi común, pero también es válido afirmar que su disposición al alboroto se mantiene casi intacta, aún ante su masiva difusión y la transición de sus genes: ya no es necesariamente la música que los desencantados jóvenes londinenses de 1976 utilizaron para no dejarse llevar de las escuelas a las fábricas, ni tampoco la que los inconformes norteamericanos de 1991 fumigaron sobre los cuerpos de las estrellas pop para manifestarse en contra del establecimiento.

Punk, ahora y mañana, puede ser declarado como el género con mayor capacidad para provocar a los enemigos recurrentes del público más intolerante frente a items como la familia, la religión y el gobierno, reivindicando de paso el autodidactismo como la única salida a un mercado donde las posibilidades de los intérpretes se miden por su capacidad de registro ante las cámaras y no por su desenvolvimiento ideológico.

¿Dios es un punk?

Con el voto de confianza de la industria del entretenimiento a su favor, el controvertido género, seno de otras manifestaciones de las últimas dos décadas como el hardcore, el grunge, la new wave o el digital hardcore, se reiventa a sí mismo sin despertar sospechas entre sus opositores, quienes se engañan al desconocer que, aunque no vive otra época radicalmente determinante como la pactada en sus inicios con sus fanáticos en el Reino Unido, no se desconecta de los pilares de vandalismo, ilegalidad y autodestrucción que le formaron como el crío parricida del rock & roll.

Por eso, y a pesar de que en la escena musical de hoy las adolescentes no se hacen llamar "Lunch", como muchas de las fans que las bandas pioneras solían llevar en sus giras, nadie desconfía en la capacidad que tiene éste para poner al público infantil y adulto en una misma encrucijada y para hacer que los discos sigan siendo retirados con éxito de la estanterías.

La diferencia, 25 años después de muertes y resurrecciones, es que las revistas de moda lo ven con buenos ojos y que, por más multitudinarias que resulten las nuevas figuras, nunca serán premiadas con los verdaderos Grammys del punk: tampones higiénicos en medio de un recital en el mítico 100 Club.

Pero bueno. Dios le sigue guardando.



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