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Punkheads: Dejalos que se matan entre ellos Son los exponentes de dos tendencias que podrían hasta causar simpatía por lo revolucionarias, por lo antisistema. Sin embargo, cualquier encuesta los haría pedazos. Los argentinos no se bancan a los punks ni a los skins porque más que un fenómeno cultural son el bardo por el bardo mismo. Por: Uri Lecziky Calle22.com, Buenos Aires ¿Cuál es la diferencia entre un punk y un skinhead? ¿Qué vas a decir? ¿Acaso que el punk tiene peinado de aleta de dinosaurio y el skinhead es pelado? Eso ya fue. ¿Que el punk es anarquista y el skin es nazionalista? ¿So what? Unos y otros han pasado años tratando de ganar un territorio en la ciudad de Buenos Aires y poner su bandera pirata clavada en el asfalto pregonando la exclusividad de los derechos de ocupación, como si de una guerra se tratara. Como si matar a alguien pudiera darles el derecho a gobernar...¿a gobernar qué? ¿una esquina? Ja. Un grupete de skinheads porteños le dio una épica paliza a uno que iba caminando por la calle acusándolo de ser judío. Los integrantes de la patotita fueron juzgados y quedaron libres, jugando el papel de chicos buenos y aplicados. Los punks –dicen los skins- mataron a Marcelo Scalera en un recital realizado en el Parque Rivadavia en 1996 y provocaron la ira de los pelados. La disputa desencadenó la fase más violenta de la guerra y tuvo su clímax poco tiempo después, durante el recital que militantes de izquierda organizaron en Plaza de Mayo y que terminó en una corrida salvaje donde ya no se sabía quién peleaba contra quien. Por supuesto que como en todo movimiento, el péndulo se mueve entre extremos y así uno puede encontrarse con un violento y sacado punkeke destrozando todo a su paso cual ventisca falopeada, o con un modosito chico de familia con ideales anarquistas escuchando a The Clash o a Dos Minutos (que ahora se aburguesó un poquito). Ambos son punks. Pero probablemente se odien. Uno puede encontrarse a un skinhead gritón que tiene un resorte en la axila y no puede dejar de ejecutar el saludo del Adolfo idiota, porque así le gusta. Pero junto a este –quizás inofensivo- también podrá conocer a un potencial asesino, armado hasta las polainas. Ambos son skinheads. Pero probablemente se detesten. El punk no puede quejarse. Cultural y artísticamente surgió como contestación a un barroquismo pretensioso que no lo conformaba. Y rompió con todo. No puede quejarse porque los skins vinieron para desbancar a los punks. Quien jode a un revolucionario con revolución tiene cien años de perdón. Skins y punks parecen haberse calmado un poco. Quién sabe, un poco por temor a la policía y otro poco porque de tanto huevamen, hasta el huevón se aburre. En la historia, amigos, no quedarán las peleítas de los muchachos con los dientes apretados dejando un par de muertitos tirados por ahí. No quedarán tampoco los manifiestos razistas de los peladoheads ni sus deseos de promover la purificación de la raza aria. (Adolfo se murió, muchachos, a ver si leemos un poquito). De toda esta mierda sólo quedarán unos buenos discos (y alguna película) sobre los Sex Pistols, el fervor que alguna vez provocaron los Ramones, The Clash, Dos Minutos en la Argentina y mucho antes los Violadores, popes del movimiento local. De los fenómenos revolucionarios no queda la sangre, quedan los hechos culturales. De los fenómenos culturales queda el asombro por la originalidad y la audacia, nunca la prepotencia vacía de contenidos, por más cara de malo que pongas. Y si te gusta con los pelos parados, ponete aceite de oliva y que el perro te lama de la coronilla hacia afuera. Y si te gusta sin pelos, robale la afeitadora a tu vecino y rapate que está de moda. Todo bien. Todo vale en nombre del arte. Ahora, cuando la mano se pone pesada, y la cosa viene de armas...pues...queridos punkheads, y hablando en su tierno idioma: go fuck yourselves. |
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