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Nadie les perdonará jamás su abandono de la escena rockera
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El rock argentino ya fue. Se murió. ¿Qué hay que hacer para revivirlo?
El gusto del público comenzó a dispersarse. Catorce años más tarde del suceso de Mateos, el que reventaba el Luna Park sería el bailantero Rodrigo.


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Atrás quedaron los fogones y las canciones de ocasión. Atrás quedaron los megarrecitales en estadios de fútbol y más atrás todavía, el movimiento que proponía la gente. El público del rock argentino dispersó sus preferencias entre lo latino y la bailanta. Tampoco es materia exportable como alguna vez lo insunuó. Ya fue.
Por: Luciano di Vito
Calle22.com, Buenos Aires


Una emisora de frecuencia modulada -Mega, 98.3 Mhz- encabeza las preferencias de audiencia. ¿El truco?: Veintcuatro horas de rock nacional. No hay palabras. Un tema tras otro. Suenan los más viejos –Sui Géneris, Virus, Pastoral y Porchetto, entre otros olvidados- y muy pocos nuevos. Los que dirigen artísticamente la radio apelaron a los insoportables estudios de mercado para detectar el gusto local en materia de rock. El reflejo está plasmado en la programación: suena lo que no suena en las otras radios.

El dato no deja de asombrar. Mientras la producción vernácula de rock está aplastada y sin signos vitales, una radio vomita nostalgia. Los grandes grupos de otra época son ofertas en las bateas y salvo Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, ya no queda ni el loro. A trazo grueso, el panorama es el siguiente: los viejos capos –García, Spinetta, Pappo y Nebbia- comienzan a vivir sus cincuenta años y están más allá de todo. En una línea media se encuentran Fito Páez y Gustavo Cerati, acompañados por Memphis la blusera, Divididos y los Bersuit Vergarabat (¿acaso las brisa necesaria?). Pero en detalle, y salvo “el carpo” no hablamos de rock, hablamos de músicos que no hacen la porquería latino-comercial o bailantera que ganó el mercado. ¿Y por qué?.

Porque el rock argentino no se resiste a nada, no protesta contra nada y tampoco es un movimiento que aglutine preferencias actuales. Al contrario, nada nuevo bajo el sol.

La gente no quiere protestar, quiere divertirse y para eso hay otras cosas.

El rock argentino comenzó a morir en su último y multitudinario festival. Fue en Buenos Aires rock, allá por 1982 –posguerra de Malvinas- en las canchas de hockey del club Obras Sanitarias (cuyo estadio, paradójicamente, fue la catedral del movimiento rockero vernáculo). La decadente imagen de Piero arrojándole flores al público al concluir su presentación fue todo un símbolo, lo más parecido a un entierro. De allí en más, democracia mediante, las cosas comenzaron a diversificarse.

Pero como la Argentina es un país contradictorio, el muerto ofrecería mejoría. Fue a mediados de los ochenta cuando Miguel Mateos reventó el estadio Luna Park con su grupo Zas. Su disco en vivo luego se vendería más que La Cumparsita . Grupos como Virus, Los Twist, las efímeras Viudas e hijas de de Roque Enroll y Los Abuelos de la nada, instalaban mediante el pop un concepto de música para bailar que ganó su lugar, primero en las discotecas y luego en teatros y estadios.

Luca Prodan con Sumo, rompían con la fórmula, al igual que los Encargados, que comandaba Daniel Melero. En contrapartida, Los Enanitos Verdes saldrían de la provincia de Mendoza y se harían más famosos y tolerables en el resto de latinoamérica que en su propio territorio. Sin proponérselo, el rock argentino comenzó a ser materia exportable. Viajaron todos y vendían mucho. La música latina estaba reservada para los hoteles transitorios y para las personas mayores. La bailanta surgía silenciosamente.

A nadie se lo habría ocurrido mezclar los géneros. Estaban diferenciados, por lo menos hasta que llegaron los 90 y el rock argentino entró en su etapa final.

En el camino, murieron Fedrerico Moura, Miguel Abuelo y Luca Prodan. Los empresarios se dieron cuenta de que el negocio pasaba por otra parte. Los músicos quedaron desacomodados y salvo Fito Páez, que cambió su imagen reaccionaria y peronista de sus primeros discos por una más lograda y refinada, el resto comenzó a convertirse lentamente en un arrugado recuerdo. Páez fue un fenómeno de ventas con su archidifundido El amor después del amor . Soda Stéreo –consolidada como la gran banda de la década- no sólo fue un suceso argentino sino también latinoamericano, escapándole a lo efímero de propuestas anteriores.

El gusto del público comenzó a dispersarse. Catorce años más tarde del suceso de Mateos, el que reventaba el Luna Park sería el bailantero Rodrigo. Lo latino-comercial, con Ricky Martin, Luis Miguel, Gloria Stefan y Shakira, le ofrecieron a la gente lo que quería escuchar. El rock argentino, entonces, quedó relegado. Charly García consiguió más prensa por sus escándalos que por su música, Spinetta no habla con la prensa y toca muy esporádicamente. Fito Páez –el más premiado e inteligente para llevar su carrera- optó por buscar nuevos mercados en el exterior y salió a la conquista de Europa y Estados Unidos.

Algunos nombres suenan a lo lejos desde una radio que acerca más al recuerdo de otros tiempos que a la actualidad. Una pena. Porque todo parecía indicar que había opciones para ofrecer algo nuevo y mejor para no conformarse con opciones peores. El rock argentino perdió mercado y actitud y tampoco generó nuevos referentes para que los viejos no se lleven todo el peso de la historia.
Desde la radio, como diría Robert Plant, las canciones siguen siendo las mismas.


El rock argentino ya fue. Se murió. ¿Qué hay que hacer para revivirlo?


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