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La selección no somos todos El fútbol es un deporte sagrado. Colombia es irrespetada por su técnico cada vez que la selección juega. Ante Paraguay la última humillación. Por: Fernando Araújo Vélez Especial para Calle22 El fútbol... Ese sofisma de distracción que a veces hiere, duele, rasga. Ese velo utilizado por tantos y por tantos años para encubrir realidades. Ese jueguito que dejó de serlo apenas comenzaba a serlo. El fútbol... La alegría de una semana, la tristeza de varios meses, la agonía del partido que vendrá, la depresión de una derrota. Eso, la depresión de una derrota que por ser tan depresiva lleva al olvido de los detalles de todos los días. No importa que no haya un peso para la comida: la depresión hace de pesos y de comida. No importa que se hayan gastado varias comidas en una boleta, porque la depresión no te permite pensar en eso. Pero se gastaron, una vez más se gastaron. Sesenta mil personas pagaron el salario de una semana para ir a ver a una Selección Colombia que, dicen los medios, las representa. Y ellas, todas esas personas, como bueyes, fueron al estadio con la radio en una mano, la bandera en el cuello y su boleto-triunfo en la otra mano. “La Selección Colombia nos representa a todos”, “La Selección somos todos”. ¿Hasta cuándo el mismo discurso? Tal vez, hasta que ya nadie se lo crea. O hasta que nos convenzamos todos de que en el fondo sí nos representa. Nos representa porque nunca jugó a nada, porque no sabe qué es lo que quiere, porque desconoce aquello de los protagonismos, porque no tiene orden ni lógica, porque depende de la suerte, de un chispazo, de un árbitro... Nos representa por el señor que se ubica en el banco de los directores técnicos (No me atrevo a decir que dirige, porque del fútbol él sólo dirige los negocios turbios), con su bufanda y su sonrisa sardónica. Tan corrupto e inescrupuloso como Colombia. El nos representa, aunque pocos lo crean. Nos representa en su cinismo para responder, en su gesto pusilánime, en su absoluta ausencia de dignidad. Nos representa, punto. Tanto, que lo dejamos allí, permitimos que haya llegado y que continúe, felices y contentos y esperanzados de que nos lleve a una Copa del Mundo. Y en esa permisividad, en ese deseo de triunfo, en ese llenar el estadio para verlo ganar, somos él. Será cuestión, pues, de asumirlo o de no asumirlo, con todas las consecuencias. |
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