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Pongamos que hablo de Joaquín En Joaquín Sabina, perdonen la tristeza algunos escritores, músicos, políticos y amigos del cantautor español escriben acerca de él. Estos son los testimonios de Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos y Antonio Muñoz Molina. Tomado del libro de Javier Menéndez Flores Sabina, por Miguel Ríos El atleta de la media noche. Hace un tiempo que no alterno con Sabina, no tengo edad. Pero la imagen que me queda de aquellas madrugadas es la de Joaquín como el negativo de Carl Lewis, rodeado de amigos que habíamos perdido, por agotamiento, la posibilidad de seguirlo en las antimetas que proponía la noche. Era cuando el Atleta de la Medianoche más brillante, más activo, tomaba la última curva peligrosa de los 50 con el whisky en la mano, un Ducados en la boca, ¿o era un Habanos?, y pedía, con la voz de lija del 7, una guitarra. Joaquín Sabina es un atleta de madrugada que crea en todo momento y, lo mejor –el mu’ maricón-, es que lo hace sin despeinarse. Antes, cuando su fama era sólo terrenal, prefería escribir cerca del infierno… yo lo recuerdo en un burdel en México D. F. con la Polaroid en los ojos, volcado sobre una cuartilla y lidiando, con la izquierda, a una señorita. Me gusta Joaquín porque es muy generoso. Ahora se ha llevado el estadio a su casa, pero no corre con ventaja. Usa la misma pértiga que todos los demás y no escatima un soneto si puede servirte para hacer una canción. Yo quiero mucho a este Ben Jonson tirillas y zascandil, y si su biógrafo no lo pone de puta madre, yo me cago en t’os sus muertos. Sabina, por Joan Manuel Serrat Sabina y Anibas. Dice el escritor peruano Julio Ramón Rybeiro que “todos tenemos un doble en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario”. Es difícil encontrarlo y más cuando se le busca, es cierto. En cambio, el doble da contigo siempre que le viene en gana. El doble es alguien que está en nosotros, dentro de nosotros, y de vez en cuando se da a conocer, casi siempre para mayor gloria del personaje oficial. Y tú le amas y le abominas y él a ti. Y él te niega y te reconoce y viceversa. El doble suele ser ese íntimo enemigo que te recuerda desde el espejo el paso de los años y el rastro de los daños. Ese mamón que nos traspasa las resacas de sus borracheras y las deudas de sus excesos y sus incompetencias. El monstruo que no nos cabe bajo la piel y nos arrastra con él por la vida para mostrarnos la belleza de lo inútil, para que nos enteremos de cómo lo sublime y lo sórdido caminan por la vida de la mano. El doble es el compañero de viaje, el cómplice que siempre está del otro lado, sea cual sea el lado en el que se encuentre uno. Mi doble se llama Tarrés. Vivimos, el uno del otro y por el otro, manteniendo una relación a caballo del socio y el contrario, conscientes y resignados ambos a la “innoble servidumbre de amar seres humanos, y a la más innoble que es amarse a sí mismo”, como dijo Jaime Gil de Biedma. Sabina, en cambio, no tiene dobles. Tiene muchos imitadores. Buscavidas que hacen suyos los defectos del flaco al tiempo que carecen de sus virtudes. Tiene también un interesante catálogo de sanguijuelas y fantasmas en nómina y con llave de la casa, que le suministran Peusec ilustrado, incluso dispone de un eficiente y entregado servicio a domicilio que se ocupa de limpiar los vómitos, recoger los destrozos y reponer las carencias. También hay quien le ama sincera y ciegamente, pero dobles, lo que se dice dobles, no tiene. Supongo que en algún tiempo los tuvo, como todo el mundo, pero se le acabaron. Algunos no pudieron seguirle el paso y se quedaron atrás. Otros se le debieron caer de los bolsillos y los más se diluyeron en los caminos aceitosos por los que los arrastró nuestro héroe. Amarse a sí mismo es la primera condición para tener un doble. Tal vez por eso Sabina no los tiene. Tal vez por eso o porque el tipo prefiere entreverse con sus personajes, que no sus dobles, y confundirse con ellos viviendo vidas que él mismo construye y/o destruye, y a los que les hace sentir el rigor de su cotidiana muerte, lo cual provoca que, de vez en cuando, cansados de la caña que les da el Sabina, sus personajes se rebelen. …Aunque también puede ser que Sabina no exista. Si existiese se pondría al teléfono cuando lo llamo. Lo más seguro es que el Sabina sea un invento mío, o, mejor dicho el seudónimo de un tal Anibas que se inventó mi doble para tener un sosia, que como el Tarrés se niegue a crecer y no tenga el ramalazo de maricón de Peter Pan. Un cómplice para sus correrías. Un compañero para llorarle en la solapa. Un colega del aprender. Un bufón al que reírle las gracias. Un amigo con el que compartir el tequila de los solitarios. Un desnaturalizado que tampoco recuerde con exactitud la fecha de nacimiento de sus hijos. Pero si Sabina no existe, ¿qué hacer, entonces, con toda esa ternura que guardo para Joaquín? Sabina, por Antonio Muñoz Molina Uno de los signos que indicaron, incluso en nuestra ciudad remota y encerrada, que los tiempos estaban empezando a cambiar, fue la aparición en el bar donde nos reuníamos por las noches los rojos locales de aquel tipo con barba espesa y guitarra acústica sobre el que habían circulado algunas leyendas. ¿Fue en el 76, en el 77? Me parece que estoy viéndolo, con mis 20 años asombrados y crédulos de entonces, en aquella semioscuridad de catacumba, con la oscuridad añadida de la barba y el pelo largo, y el enigma de su llegada, de su exilio en Londres, que le daba un aura doble de persecución política y cosmopolitismo. Había participado en las revueltas universitarias del año 70 en Granada, decían, había escapado a Londres sin pasaporte, y al llegar había pedido asilo político. Pero en Granada, la parte de su leyenda que solía contarse era más de libertino vividor que de resistente: alguien recordaba las faldas cortísimas y las piernas desnudas de una novia inglesa que iba con él a los bares, a las asambleas y a las manifestaciones. Era, en definitiva, una leyenda perfecta, porque reunía, con las adecuadas zonas de incertidumbre para ser aún más misteriosa, casi todo aquello que uno hubiera querido ser y hacer en esos tiempos, justo lo que uno no era, lo que no se atrevía a hacer. El tipo barbudo que tocaba de noche la guitarra y cantaba en la taberna donde teníamos nuestra catacumba era más que un cantante, o que un vago héroe político, era todo un personaje literario. Contaban, para colmo, pero eso más difícil creerlo, que su propio padre, un policía aficionado a escribir versos, lo había despertado una mañana para decirle que estaba detenido. |
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