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El Bosco.
El arte a lo largo de la historia ha dado testimonio de la escatología. El Bosco es uno de los pintores que se atrevieron a hacerlo.
,...Una palabra tan grotesca como fascinante ¿Qué le dice a usted?
...Llegó al evento, defecó, untó lentamente en tostadas y frente al público sus excrementos, y después se los comió.


¡Mierda!...

Todos utilizan la palabra mierda pero nadie quiere saber de ella. Conozca algo de la historia de la escatología y del por qué se mantiene el interés por un tema que provoca tanta fascinación como rechazo, que simboliza tanto la vida como la muerte.
Paola Villamarín
Editora de Tiempos Modernos, Calle22.com


¡Mierda! ¡Váyase a la mierda¡ ¡Eres una mierda¡ ¡Come mierda¡ Se cree la gran mierda, Se volvió mierda, No hay ni mierda, No se ve ni mierda, No sabe ni mierda, Sabe tanto que sabe a mierda, Queda en la mierda, No me dio ni mierda, Me trató como a una mierda, Es un come mierda, Voló a la mierda, Iba a toda mierda, Cómete tu mierda, Comamos cualquier mierda... Son expresiones que pertenecen a nuestra vida cotidiana... ¡Uy! qué cagada, La cagó o Se cree la vaca que más caga...

¿Quién no las ha pronunciado? ¿Quién no encuentra la asociación natural entre la materia fecal y los insultos, entre las secreciones y las connotaciones más peyorativas del ser humano? Nadie quisiera encontrarse excrementos en la calle, nadie quisiera presenciar a otro en pleno acto, y sin embargo, estas palabras fluyen en el lenguaje de hoy, la escatología abunda en el arte, la mierda barniza la historia, matiza múltiples páginas en Internet y hasta se huele en el cine. A través del tiempo, su valoración ha cambiado y ha sido tan aceptada como rechazada. ¿Por qué? Inclusive, existe una Historia de la mierda escrita por el francés Dominique Laporte...

La mierda, la caca, el popó, los excrementos o “lo que sabemos”, ha incomodado a muchos en distintas épocas. Un testigo es precisamente Laporte. En su sugestivo recuento cita un edicto de 1539, promulgado en Francia, donde se evidencia que “todo posadero... propietario o casero... de cualquier estado o condición... debe todos los días, a las seis de la mañana y a las tres de la tarde, limpiar la puerta de su casa y amontonar contra la muralla los lodos, basuras o todo tipo de inmundicias; o bien los pondrá en un cesto u otra cosa esperando que el carro pase..., bajo pena de diez soles parisinos de multa”.

Antes de esa época, sin embargo, los reyes recibían a sus lacayos en fastuosos baños. Ahí escuchaban a cada cual y a nadie parecía molestarle la situación. Incluso, una de las más conocidas costumbres de la antigüedad era utilizar excrementos humanos como abono. Todo esto dejó de ser aceptado y se convirtió en algo reprochable. El edicto francés obligaba a que cada cual construyera letrinas, en un plazo de tres meses, y de no hacerlo sería multado. París era una cloaca. El hastío por los olores y las enfermedades se hizo notar a través de múltiples prohibiciones. Defecar había dejando de ser público y ya nadie tenía por qué enterarse de esta actividad.

“En la Edad Media había lo que se llamaba carnavales, eran atroces. La gente se echaba los excrementos en plena plaza pública y hacía todo tipo de suciedades. Era como un desfogue, pero limitado sólo a esas fiestas. Si alguien hacía algo sucio o grosero fuera del carnaval, la gente le decía ¡Váyase a la mierda¡, de ahí viene esa expresión. Quiere decir: haga eso pero cuando hay que hacerlo”, comenta Jaime Cerón, director de Artes Plásticas del Instituto Distrital de Cultura y Turismo en Bogotá.

“Ir al baño”, como se dice hoy, se convirtió de esta manera en algo vergonzoso. Hubo quienes tocaron posteriormente el tema en público. El Marqués de Sade, por ejemplo, juntó dos tópicos “oscuros” del ser humano: la escatología y el sexo.

“Me arrojé desnuda sobre el sofá que había en uno de mis gabinetes, y ordené a Elvira que trajese a todos mis criados y les dijera que hiciesen conmigo cuanto quisieran, con tal que me insultasen y me trataran como a una puta (...) Uno de aquellos vulgares libertinos tuvo la ocurrencia de decir que no quería joderme sobre un sofá, sino en el fango. Me dejé arrastrar por él hasta un montón de estiércol y, prostituyéndome allí como una cerda, le incite a que me humillase aún más. El villano lo hizo y no me dejó hasta no haberme cagado en la cara. Sin embargo, me sentía feliz...” (Tomado de Julieta)

Los excrementos han sido, para bien o para mal, protagonistas de todos los tiempos. En el Decamerón de Boccacio hay amantes que se divierten en las letrinas mientras infames pecadores sufren en un inmenso pozo de estiércol en los infiernos de Dante.

Se trata de un símbolo que aún sigue vigente, que demuestra tanto aceptación como rechazo o provocación de la sociedad en la que se vive. Un símbolo que ha llegado hasta los tratados sociológicos y que denota la vida o la muerte, lo cotidiano o lo prohibido. Para Jaime Cerón, los años 90 sacaron nuevamente a la luz el tema de la escatología. “Una tendencia evidente desde el Surrealismo, a comienzos del siglo XX, cuando se hizo necesario cuestionar el universo racionalista que le había dado forma a todo el período moderno y que de alguna manera era el responsable de la guerra”.

Salvador Dalí fue uno de los artistas que más enfatizó en el tema. No es raro encontrar en sus obras, en rincones poco visibles o muy evidentes, seres que defecan o cuerpos lacerados que vomitan sin cesar.

“El cuerpo empezó a verse como algo muy importante en el siglo que pasó”, continúa Cerón. Por esa razón, explica el artista, se empezaron a reconocer nuevamente los excrementos, las secreciones, los gemidos, los gritos, la suciedad, la sexualidad, la abyección y la bajeza como elementos fundamentales del ser humano. Éstos le podían ofrecer otras maneras de actuar en su contexto cultural. Hubo muchos opositores pero estaban decididos a mostrar que esa instancia existía y que la idea de que los desechos orgánicos pertenecían a una dimensión inferior del cuerpo debía revaluarse.

Más recientemente, los artistas del happening, en los 50, y posteriormente los del performance tuvieron un gran interés que aún persiste. Ellos se encargaron de mostrar lo que nadie quería ver y de identificar a la gente con algo que le era propio pero al mismo tiempo ajeno. “En sus trabajos había un cuestionamiento al statu quo y a la ideología dominante. Apuntaban a evidenciar que la gente podía enfrentarse a otra manera de vivir, de conocer las cosas y tener un mundo más amplio. Por eso en los años 60 fue muy común que los artistas trabajaran con excrementos o sangre”, agrega Cerón.

En 1997, durante el Festival de performance de Cali (Colombia), un artista viajó por tierra desde Bogotá, llegó al evento, defecó, untó lentamente en tostadas y frente al público sus excrementos, y después se los comió. “Efectivamente, se comió su mierda", apunta Cerón.

Las secreciones y las deposiciones también han encontrado escenario en el cine. En Pulp Fiction, Vincent Vega fue asesinado mientras hacía uso del baño. Como si éste fuera el único lugar seguro en el mundo, el personaje, interpretado por John Travolta, dejó su arma sobre la cisterna pero allí encontró algo más oscuro que sus propios desperdicios. El director alemán Win Wenders exhibió en Al filo del tiempo a un hombre que se bajó los pantalones y defecó con la cámara enfrente mientras Danny Boyle escogió un asqueroso inodoro y una fluída diarrea para el viaje sicotrópico de uno de sus personajes en Trainspotting.

A pesar del bombardeo de la escatología en Internet y, en menor medida, el del cine y la televisión, la actitud de las personas sigue siendo la misma. Y mientras la asepsia de los cuerpos de hoy, repletos de silicona y desprovistos de grasa –gracias a las liposucciones, dietas o a los gimnasios- no permite que se piense en mierda y en orines, la fascinación por estas actividades crece. ¿Por qué? Quizá porque están difusos los límites entre lo vergonzoso y lo gozoso, porque jugar con lo prohibido encanta, y saber, o evidenciar, lo “sucio” lleva a emociones tan intensas como las que pudo experimentar Alicia cuando llegó al País de las Maravillas.


,...Una palabra tan grotesca como fascinante ¿Qué le dice a usted?


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