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La Cicciolina Mala
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| Victorino Saavedra
Miembro de Calle22.com
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Los tacones de mi jefe miden 13 centímetros. Su portafolio es fucsia y transparente, y podría decirse que mide como un metro cuadrado. Los senos de mi jefe le hacen juego con el portafolio, por tamaño y brillo. Es obvio que son unas protuberantes siliconas recubiertas con Mon Réve, apretujadas en un Magic Cup que apenas da la talla. A mi jefe la visten sus enemigos y la peina “Edward manos de tijera”. En los corrillos de la oficina la llaman “Destroyer”, sus amigos íntimos y bisexuales le dicen “Látigo” y nosotros, sus víctimas, numerosas y esparcidas por todas las dependencias de esta importante multinacional colombiana, le decimos “Cicciolina Mala”.
Su carrera profesional tuvo un ascenso rápido. No demoraba mucho en quitarse la ropa.
Primero fue secretaria del presidente de la compañía, y cuando el retardo mental estuvo de moda (bueno, sigue estando de moda) ella fue la primera en estar “in”.
No sólo se acostó con el presidente. También lo hizo con su esposa, una mujer madura con ínfulas de lesbiana adolescente. Y me imagino que también se “tiró” a su chofer, a la niñera y hasta al perro, porque a los pocos meses ya estaba dirigiendo el departamento de cartera, luego el de auditoría y finalmente la vicepresidencia operativa.
Pero como hasta la mismísima silicona se desgasta por el uso, “Cicciolina Mala” dejó de ser una jovial prostituta encubierta y se convirtió en una especie de madrastra luciferina. Las nalgas le crecieron desproporcionadamente y lo mismo las capas de maquillaje en la cara. Además, como le dio por comprarse una motocicleta Harley Davidson, tiene una serpiente que escupe sangre tatuada en su brazo (un autoretrato artístico, no cabe duda) y un sin número de aros de metal en las orejas. Cuando se muera, las lombrices no sólo van a tener comida para rato. Con todos esos fierros podrán montar un gimnasio en el féretro.
“Cicciolina Mala” es mala, créanmelo. Se toma una taza de café hirviendo de un solo tirón, sin parpadear, y de nada vale que todos los de la oficina le escupamos a escondidas el recipiente antes de que llegue a su destino final. El otro día, ella me llamó a su oficina para entregarme personalmente un memorando, ya que me negué a ir al centro de la ciudad a conseguirle un tamal para su desayuno. Antes de entregarme el memo, le tocó salir un momento. En ese instante entró la señora que reparte el café y lo dejó sobre su escritorio, junto a la foto de su insoportable perro. Inmediatamente me saqué mi órgano reproductor y me oriné en su taza. El vapor del café fresco se mezcló con el de mi orín. “Cicciolina Mala” entró luego, sin percatarse de nada. Se tomó su café como de costumbre... no parpadeó. El sabor se le hizo familiar, sonrió y me dijo: “Lo del memorando olvidémoslo. No quiero dañar este bonito día”.
Dos horas después la vi salir en su moto. Cuando no tener escrúpulos estuvo de moda (bueno, sigue estando de moda) “Cicciolina Mala” fue la primera en estar “in”.
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