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La nostalgia setentera En Shaft y Los Ángeles de Charlie el Hollywood de hoy echa una mirada sobre lo que heredó de los años 70s y el balance no es nada bueno. Ropa boleta, peinados grandotes y vestidos de baño sugerentes parece ser todo lo que ha quedado de la década de donde salió Taxi Driver. Por: Manuel Kalmanovitz G. Editor Cine y Entretenimiento La década de los 70s se parece a Godzilla: justo cuando uno cree que finalmente se ha muerto para siempre, que se ha hundido en el océano del olvido para no volver jamás, sale a la superficie, destroza un par de edificios, siembra pánico entre los ciudadanos nerviosos y luego se echa a dormir nuevamente. Hay varias razones para que esto ocurra con películas y programas de televisión: primero está la cuestión generacional. Los jóvenes menores de 30 años son el target demográfico preferido de Hollywood por conformar el segmento de la población que más tiempo y dinero le dedica al consumo de cultura popular. Y en esta época, año 2000, resulta que buena parte de ese target creció durante los años 70s. Así que hacer películas que reencauchen íconos culturales de entonces puede parecer un gancho seguro, una apelación a la nostalgia que no se puede rechazar. Una segunda razón está en el culto a la nostalgia que ha florecido desde mediados de los 90s en Hollywood. Al resultar cada día más incierto qué tiene éxito y qué no (cada año hay un par de películas-comodines de éxito rotundo e inesperado, como El sexto sentido o El proyecto de la Bruja de Blair) el volver a historias ya probadas es una fuente de tranquilidad para los estudios. La tercera razón es que, 30 años después, la cultura popular de los 70s se ha vuelto exótica. En esta época donde Gap y Banana Republic han impuesto una especie de informalidad uniforme y donde hay decenas de canales de cable, los 70s pueden verse con la misma curiosidad con la que se vería un planeta diferente aunque reconocible: una época la gente se vestía estrambóticamente y la televisión tenía pocos canales aéreos, donde los peinados crecían hacia arriba y donde funk y disco reinaban en los clubs de baile. Ese carácter exótico es lo más notable de dos películas estrenadas recientemente: Shaft y Los Ángeles de Charlie que retoman los elementos más superficiales de la época. En Shaft el género políticamente comprometido de la blaxploitation, que de alguna forma funcionó como la manifestación en cine de acción de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, se ve reducido a una serie de balaceras cometidas por un policía abusivo y mala onda. Los elementos políticos que sobreviven tienen un tono oscuro y fatalista, a diferencia del original que veía posible enfrentarse al sistema. La transformación se explica por la emergencia de lo políticamente correcto en los años 80, una tendencia que terminó por cambiar el panorama cultural que presenta Hollywood. Entre 1971 (año del estreno del Shaft original) y este 2000 que ya se termina, lo políticamente correcto terminó por frenar cualquier intento radical de cambio. Y si no alcanzó a frenarlo por completo en la vida real, al menos se encargó de impedir su salida en películas de entretenimiento. Uno de los elementos que hacen que los productos de los 70s se vean tan extraños hoy es precisamente la falta de eso, de lo políticamente correcto (que se manifiesta como un temor patológico a ofender a alguna fracción del público). Para evitar las ofensas lo que ha pasado es un reblandecimiento general: según las ideas de los políticamente correcto resulta preferible no decir nada que decir algo ofensivo. Y acá entramos a lo que sucede con ese horror de película que es Los Ángeles de Charlie. La premisa de la serie de televisión (que comenzó a emitirse en 1976) es de lo menos políticamente correcto que hay: tres nenas divinas contratadas por un misterioso Charlie para investigar. El atractivo de la serie no residía, por supuesto, en los procesos intelectuales que tenían que emprender para resolver los casos sino en ver a estas tres chicas en trajes sugestivos, andando por ahí, siendo raptadas, amenazadas, golpeadas, besadas, etc. La adaptación del 2000 trata de "tener la torta y comérsela también", como se dice en inglés. Así que igual pone a tres muchachas bonitas (Drew Barrymore, Cameron Díaz y Lucy Liu) solo que hace lo posible para que no se vean sexys. Cameron Díaz se vive tropezando contra puertas y sonriendo como imbécil, a Drew Barrymore se le corre el colorete para verse como payaso de circo pobre, y a Lucy Liu la muestran más cascorva que "El Pibe" Valderrama. Pero igual no las presentan así por completo, eso sería una revisión demasiado radical. También meten escenas donde están a punto de quitarse la ropa o recién salidas de la cama en ropa interior, en fin, esas cosas que usan las películas para despertar la testosterona. Al final los elementos explotativos en los que recaía el valor de la serie de televisión son convertidos en detalles desagradables. Lo que sucedió fue que como era demasiado ofensivo para esta época hacer una adaptación seria, han rellenado la cosa de chistes por todas partes, como si les diera vergüenza esa explotación. Desafortunadamente la vergüenza no les dio para abandonarla del todo. Un viaje más interesante a los 70s es posible emprenderlo en las videotiendas. Como lo atestiguan películas como Taxi Driver (1976), El padrino (1972) o American Graffiti (1973) esa fue la época más vital del Hollywood contemporáneo. Lástima que no sean esos los años 70s que están siendo revisados. |
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