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Los vascos, IRA, Irán, el FMI, los montos, la AMIA, Carlitos Menem, Unabomber. Terrorismo en la Argentina no tiene un solo significado. Bombas en edificios, terrorismo de Estado, terrorismo económico. ¿Terorrismo y guerrilla son lo mismo? Gustavo Molfino, invitado al chat de Calle22.com, es el exponente de un pedazo de historia que parece no tener fin. Por: Uri Lecziky/L.di Vito Calle22.com, Buenos Aires Un día, los porteños se levantaron de la cama con un paisaje distinto. La ciudad que siempre conocieron había cambiado violentamente su rostro. El humo que se levantaba de una de las zonas más coquetas hacía sospechar lo peor. Y lo peor había pasado. El 17 de marzo de 1992, una bomba destrozó el edificio que la Embajada israelí ocupaba sobre la calle Arroyo. El terrorismo internacional hacía de este modo su poco elegante presentación ante el público argentino. Y el público argentino no se lo bancó. En 1994, otro edificio de la comunidad judía argentina fue el blanco inmóvil de un nuevo atentado. Más ruido, más humo, más vidas perdidas. Era el 18 de julio y Buenos Aires temía tener que acostumbrarse a convivir con estas prácticas que parecían terreno exclusivo de vascos, irlandeses, árabes y alemanes. Pocos meses después, el helicóptero que piloteaba Carlos Menem hijo se desplomó sobre un campo junto a la ruta matando a su conductor y acompañante. Hasta el día de hoy, Zulema Yoma -madre de Junior- asegura que se trató de un atentado del narcotráfico internacional. Algunos indicios judiciales ya le dieron la razón. Los diarios del mundo cuentan con asombro los muertos que semana a semana produce el recrudecimiento del conflicto vasco en España. En cada lugar del mundo existe una forma de terrorismo. Hasta los Estados Unidos sufrieron en carne propia el ataque de las bombas contra sus mastodontes gemelos de Nueva York. El terrorismo islámico demostró que no está interesado en los límites y que cualquiera puede ser el próximo blanco. Un hombre solitario y torturado, Ted Kaczinsky, fue bautizado Unabomber luego de hacerse conocido por su poco sana costumbre de enviar explosivos por correo. En la Argentina, una organización fue acusada de hacer lo mismo para quedarse con el negocio de la correspondencia. Distintos motivos. Misma gimnasia. Multibombers. Como en el fútbol, cuando se habla de terrorismo, dos argentinos alcanzan para que existan dos posiciones enfrentadas. Unos dirán que el único terrorismo fue el terrorismo de Estado, aquel que utilizó la última dictadura militar para imponer su régimen. Otros dirán que terrorismo era el de la Triple A, el brazo de ultraderecha del peronismo previo a esa dictadura. Y los más osados acusarán al Fondo Monetario Internacional y a los gobiernos que aplican sus prerrogativas. Los acusarán de matar a la gente sin disparar ni un solo tiro, a través del terrorismo económico. La última posición es la más obvia. Muchos dirán que terrorismo es el que puso en práctica la guerrilla setentista del ERP y los Montoneros. ¿Guerrilla y terrorismo son sinónimos? Gustavo Molfino, ex montonero, es el invitado de Calle22.com Argentina al chat sobre terrorismo. Molfino y el karma de las armas Durante los años de la guerrilla se hacía llamar Facundo. A los dieciséis años ya era un eslabón importante en la cadena de supervivencia de la Organización Montoneros: el encargado de entrar clandestinamente a la Argentina en pleno gobierno dictatorial para luego sacar familias enteras y llevarlas con documentos falsos al exilio. En edad de colegio secundario Facundito era especialista en falsificar documentación internacional. También supo aprender manejo de armas y su currículum incluye un paso por campos de entrenamiento guerrilleros en el Líbano. Allí se enteró de la desaparición de su hermana y su cuñado, en 1979. Cuando cumplió los dieciocho, fue a festejarlos a la zona neutral de Beirut, solo, comiendo pizza. Y por si esto no alcanzara, su curso acelerado de vivir rápido incluye también el haber participado en el frente de batalla de la guerrilla nicaragüense. "Yo vivía en Flores y mentía mi domicilio. Era una vida de mierda. Uno era pendejo y no había mucho márgen de opción. Un día llego a mi casa y mi hermana me dice ´esto es un revólver, se usa así, si vienen tenés que tirar para allá´. Todavía no había una idea sobre si estaba bien o mal. En mí, no había otro camino. Yo tenía 13 años. No sabía tirar, pero tenía que hacerlo llegado el caso. Me decían ´si apretás acá, sale´. El hecho de tener que tirar se fundamentaba en la defensa de la familia y de uno mismo, más allá de que ya había entrado a la Unión de Estudiantes Secundarios". "Con 16 años me movía por el mundo. En el 79 hice durante dos meses viajes semanales a Panamá. Hacía una escala técnica en La Habana, donde te hacían bajar. En ese ínterin, venía un compañero cubano que me llevaba a una oficina donde me encontraba con otros compañeros. Ahí se hacía la transacción de documentos, microfilms, embutes o plata. Yo no sabía qué llevaba. No iba armado. Era imposible por los controles de los aeropuertos. Cuando nos acercábamos a algún país limítrofe, el que hacía de correo tenía la pastilla de cianuro, que en una época estuvo autorizada por la organización para evitar la delación en caso de que cayeras. Uno asumía la responsabilidad de tomarla en caso de ser detenido". Molfino creció pero nunca olvidó las prácticas que lo hicieron sobrevivir. Hasta el día de hoy, todavía no se sienta dándole la espalda a la vidriera de un bar, y evita levantar la voz. De aquel adolescente precoz que conoció las armas antes que el amor, quedan profundas marcas, peligrosos surcos en la hoja de ruta: "Volví a la Argentina a los 23 y tuve una etapa de mierda. Comienzo a hacer una regresión. Compro armas y adopto actitudes agresivas. No entendía cómo tipos que habían matado y torturado podían estar tomando café en el mismo bar. La democracia me parecía extraña. Andaba calzado y sin permiso para portar armas. Era una provocación, como diciendo ´háganme algo a ver si se animan". Es difícil preguntarle a un ex montonero por qué eligió el camino que eligió. Pero llegado el caso, la sorpresa es que el montonero tiene la respuesta pensada, elaborada, y no duda en disparar: "Era una sensación extraña. Yo lo asocio con el vértigo. Te da cagazo, pero también placer. Era una mezcla de miedo con heroísmo. Aparte yo me sentía parte de la historia. Estaba convencido de que iba a formar parte de los manuales. Luego en democracia y previo tratamiento psicológico que he pasado también, me doy cuenta de que entonces estaba seguro de que iba a perder mi vida, pero que valía la pena. Estaba seguro de que no llegaría a una edad adulta". |
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