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La fábula de la gallina epiléptica
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| | Cierto día unos hombres decidieron, después de una larga noche de rumba y licor, ir a un restaurante del centro de Bogotá para aliviar el hambre generalizada que les había producido la larga jornada fiestera. | Astrid Garavito
Especial para Calle22.com
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Cierto día unos hombres decidieron, después de una larga noche de rumba y licor, ir a un restaurante del centro de Bogotá para aliviar el hambre generalizada que les había producido la larga jornada fiestera. El malestar en sus estómagos era evidente por la borrachera y la única solución inmediata consistía en tomarse el caliente y condimentado caldo de gallina que vendían en el sencillo establecimiento, cuya salubridad no era precisamente su mayor cualidad.
Como era costumbre en el lugar, los comensales podían elegir la materia prima de su caldo, entre una larga fila de aves amarillas colgadas en ganchos. Sin mucho pensarlo, los hombres dieron el visto bueno a la gallina más gorda y grande que vieron, pensando que sus firmes músculos daban fe de una salud privilegiada. El cocinero del lugar descolgó el ave, tal como fue solicitada, y después la metió entera dentro de una gran olla con agua.
Mientras tanto, los hombres, un grupo de jóvenes profesionales bogotanos, tomaban cerveza para restituirse. Su confianza y seguridad sobre la suculencia del alimento que venía en camino crecía de una forma casi religiosa, y desde la mesa donde estaban sentados podían ver al cocinero echando al recipiente los ingredientes del platillo.
Cebolla, aceite, patata, condimentos, sal... Todo estaba en regla. La estufa sobre la cual reposaba la olla con la robusta gallina funcionaba a la perfección y la cara del cocinero le daba a la escena un particular toque de felicidad. Sí, felicidad, porque comer gallina es, para algunos, presagio de buenos tiempos.
Los amigos brindaron por las mujeres, por sus lazos fraternales y por todo lo demás que los unía. Claro, y por la gallina, “bella gallina”, “gallina mía”, “gallinita”, “gallinita de mi vida” y “gallinita de mi amor”.
De pronto, y cuando el golpeteo de los envases de cerveza se mezclaba en un alegre in crescendo junto con el de las risas y las llamas de la estufa de gas, un fuerte sonido agitó la olla. Cuanto más hervía el agua más fuerte era el remezón. Pedazos de cebolla y patata salían disparados del recipiente metálico como si en vez de una gallina se estuviera cociendo algún concubino de Satán.
El cocinero no sabía qué hacer y los hambrientos hombres, de nuevo borrachos por tanto brindis avícola, tampoco. El agua y el aceite se desbordaban de la olla como si alguien estuviera esquiando dentro de ésta. O lo que es peor, como si una mano siniestra estuviera agitando el salado contenido líquido.
Presos del miedo y la zozobra, los hombres y el autóctono cocinero comenzaron a caminar hacia la estufa, mirando hacia atrás como cuando alguien piensa que no va a regresar jamás. La agitada y gigante olla cada vez se encontraba más cerca de sus cuerpos, y algunos de ellos comenzaban a estirar su cuello, tímidamente, para percatarse sobre qué extraño suceso les estaba jugando la vida.
Una vez que sus cabezas se ubicaron sobre el recipiente, los hombres quedaron atrapados por una imagen dramática (advertencia: si usted tiene menos de 18 años, es mejor que no siga leyendo ésto): la gallina, “gallinita de mi vida”, había entrado en un ataque de epilepsia. El robusto y peludo cheff procedió a moverla de un lado a otro para que volviera en sí, y posteriormente, como si se tratara de un experto paramédico avícola, la puso boca arriba. No funcionó. El ave seguía estremeciéndose, y nadie encontraba una respuesta para el adverso asunto.
Entonces, el cocinero siguió sus instintos, oyó aquella vocecilla que todos llevamos dentro de nuestras cabezas, y cambió radicalmente de rol. Se olvidó del sueño de convertirse en un paramédico de aves y de la ilusión de escribir un guión para televisión que se titularía “Guardianes de las gallinas”. Tomó un cuchillo del mesón, tan largo como una espada vikinga, y se lo clavó sin clemencia al animal, dentro de la misma olla.
Horrorosos momentos acompañaron la escena. En la radio del establecimiento las trompetas de una canción mariachi le daban a la riña un toque fatídico y, no muy lejos de allí, sobre la estufa, el cocinero agregaba una nueva puñalada a la gallina. Los hombres guardaban un silencio profundo, tenebroso, que se fue extinguiendo a medida que los movimientos epilépticos del ave fueron perdiendo su fuerza.
El arma cortopunzante surtió efecto. La sangre del animal se derramó con frenesí por toda la olla, sobre el agua, el aceite, la cebolla, las patatas y los condimentos, convirtiéndolo todo en una especie de colada para Nosferatu. Ningún otro vampiro lo hubiera resistido.
De repente, y cuando la calma había regresado al lugar, algo dentro de la apuñaleada gallina se movió con frenesí. El cocinero asqueado empezó a retirarse de la olla, está vez dispuesto a no regresar, y los jóvenes recobraron las ganas de vomitar. Aún así todos volvieron a acercarse a la olla, mientras que el inerte cuerpo del ave se movía como si se tratara del rodaje de la película “El regreso de las gallinas vivientes”. En el fondo, todos quería encontrar una explicación para tal fenómeno.
Finalmente, ante sus ojos, agrandados por los efectos del pánico, los hombres vieron cómo una enorme y moribunda rata salía del frío cuerpo de la gallina muerta. Minutos antes, el peludo y sucio roedor había estado tratando de encontrar una salida de la inerme ave, pero las puñaladas del cocinero también hicieron mella en su cuerpo.
Cuando el agua caliente de la olla se convirtió en un hervidero, la rata se alteró e hizo mover a la gallina (lo que anteriormente fue descrito como “una gallina con epilepsia”). La sangre que los hombres vieron sobre todo el contenido de la olla no era de la gallina sino de la rata que, mucho antes de que los jóvenes llegaran al restaurante, ya se estaba alimentando del ave.
Moraleja: No debemos quitarle a otros animales su comida, por más deseable que nos parezca. Por ello, el cocinero fue castigado con una serie sucesiva de vómitos y los borrachos regresaron a sus casas en total sobriedad.
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