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El delicado encanto de dormir la siesta En la vida hay muchas cosas que dan placer, pero quizás ninguno sea tan personal y exclusivo como el de dormir una siesta. Lo que antes era criticable ahora es una tendencia mundial de las empresas para que sus empleados rindan más y mejor. Por: Luciano di Vito Calle22.com, Buenos Aires El sueño se origina y se regula en el sistema nervioso central, desempeña el trabajo de recuperar al cerebro del desgaste continuado y actúa positivamente sobre las funciones ejecutivas. Más claro aún, uno cuenta con mayores posibilidades de argumentar y tomar decisiones cuando hay descanso de por medio. La siesta, que muchos consideraban sinónimo de vagancia o de evasión, ha vuelto al ruedo por las exigencias de un mundo laboral cada vez más competitivo que aumentó los desgastes físicos y psíquicos y que, en contrapartida, ha obligado a retomar este saludable y nada despreciable hábito Abandonarse al cálido reino de Morfeo implica poner una bisagra en el día. Tal vez muchos de ustedes hayan experimentado esa sensación de agobio pasajero, de desear con todas las ganas posibles un paréntesis a lo largo de la jornada para luego retomar lo que se ha dejado. No en vano los deportistas, y sobre todo los futbolistas, luego de los entrenamientos y antes de los partidos tienen “recetadas” las siestas. En muchos casos, se advertirá que la siesta tiene un fin preventivo, como si descansar un rato sirviese, efectivamente, para afrontar más lúcidos los compromisos que vendrán. Los recién nacidos por ejemplo, duermen sus envidiables y plácidas siestas como si estuviesen descansando a cuenta por lo que les espera al crecer. “Los niños de hasta cuatro años que no duermen la siesta tras la comida pueden luego padecer episodios de sonambulismo y terrores nocturnos al entrar en una fase de sueño muy profundo” señaló el doctor Edward Estivill en su libro Duérmete niño. La clave del siestero entonces, está en la duración: no se debe dormir más de una hora ni menos de quince minutos. En ese tiempo concreto se entra en la fase del sueño no R.E.M (movimientos oculares rápidos) en la que la tensión arterial y la temperatura del cuerpo disminuyen induciendo a un reposo más profundo. Si la siesta tarda más de una hora, más se tarda en recuperar la conciencia y el ritmo. En 1997, la empresa Gould Evans Goodman y Asociados aceptó que sus empleados durmieran la siesta a cambio de una condición: quien durmiese la siesta saldría de trabajar una más tarde. La tendencia se expandió rápidamente y muchas compañías han recogido el guante al experimentar que el rendimiento de sus empleados aumentaba tras dormir una hora en la mitad de la tarde. Por ejemplo, en las oficinas de Levi Strauss, Ben & Jerry o Mac World Magazine ya existen los nap loungers que son salones con mullidos sillones donde los empleados descansan conjuntamente con sus jefes, casi en penumbras. Como en toda tendencia siempre hay profeta. El inventor de estas teorías es el doctor James Maas, que lleva más de cinco años asesorando empresas sobre los beneficios de la siesta. Según sus propios dichos “la siesta luego de comer hace a uno más productivo, diligente y sano”. No es una moda. Comienza a ser una necesidad que sirve tanto para el desempeño laboral como para la calidad de vida en general. La siesta aumenta el rendimiento, cambia el humor, alivia tensiones, es gratis, relaja, desconecta y vuelve a conectar, ayuda a tomar decisiones y no tiene contraindicaciones. Tal vez dentro de un tiempo pueda decirse con cierto orgullo que uno duerme en su trabajo. Albert Einstein la tenía más clara desde mucho antes, cuando dijo sin ser relativo, “Las siestas son recomendables para refrescar la mente y ser más creativo”. |
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