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página principal / a pie por el mundo / Se acabaron los coyotitos Herederos de la vida en provincia, muchos defeños intentan hacer su siesta, pero dormir en el día es imposible cuando en la ciudad más populosa el tiempo del sueño se destina a recorrer grandes distancias. Por: Sonia Sierra Calle22.com, México Se despertó a las seis de la mañana con la esperanza de que el día le iba a alcanzar para hacer los trámites de predial, verificación y tenencia que la cuesta de enero le anunciaba; cumplir con el trabajo pendiente y regalarse el coyotito que llevaba días sin darse. Esta vez sí podría hacerle justicia a su cuerpo y entregarse a media horita de sueño, faltaba más... La ventaja de que su coche no circulara ese día, pensaba, era que la madrugada le iba a ayudar a llegar temprano al Metro, donde veinte minutos de sueño, seguro, sí iba a tener. Manuel tomó el pesero en la esquina de su casa. A los quince minutos ya estaba en la estación General Anaya; de ahí, a Tacuba donde haría la transferencia de línea, con dirección a su destino final, metro San Joaquín. Se veía sentado, recostado sobre la ventanilla... seguramente iba a alcanzar a recuperar ese lindo sueño con la morena del burlesque que lo despertó al amanecer. La flojera lo dominaba y el día apenas empezaba. “Debido a la huelga de casilleras, el servicio del Metro es gratuito”: rezaba el cartel. “Já...” -susurró Manuel- y para sus adentros pensó “es mi día de suerte, la gente debió espantarse y no van a usar el servicio... son 21 estaciones, a minuto cada una... voy a dormir como bebé”. Mejor no hubiera pensado así. El resultado fue inverso, al parecer la idea de ahorrarse un peso con cincuenta (15 centavos de dólar) fue más atractiva que cualquier desmadre. Y ahí estaba Manuel, a punto de iniciar el largo recorrido de 20 minutos -sin contar los retrasos habituales-, de pie, atropellado por los otros usuarios que se pensaron suertudos como él y en medio de la línea más lenta entre las 12 que tiene el Sistema de Transporte Colectivo de la Ciudad de México... Al ver aquello, no pudo evitar otro susurro: “chingaos... ya será en el escritorio, después de la comida”. El sueño veracruzano A la hora de la comida, Isabel no puede más; tiene ocho meses de vivir en el D.F. y la sentencia de su esposo todavía no se cumple. “Tu cuerpo va a acabar por acostumbrarse”, le dijo, cuando ella se quejó por los nuevos tiempos a que se tenía que someter al vivir en la ciudad más populosa del mundo. Sin embargo, su cuerpo no olvida el ritmo con el que creció en su natal puerto Veracruz. El día de Isabel al lado del mar se partía en dos a las tres de la tarde, cuando después de comer hacía una siesta de una hora, a veces hasta un poquito más, que era la mejor manera de sobrellevar el calor natural del puerto. En el D.F. la historia cambió. Isabel ya se levanta todos los días, cada vez más temprano, con la promesa de regresar a echarse ese sueñito que le queda rondando en la cabeza. Ahorra tiempos para buscar la siesta: no sale a almorzar gorditas como sus compañeras de trabajo, hace su trabajo de contabilidad apurándose para llegar a descansar, pero siempre en el regreso encuentra un impedimento para el sueño. Cuando no es el tráfico pesado de las dos de la tarde en el Periférico, es la marcha de burócratas que bloquean el paso por Reforma y obligan a buscar a los tres millones de carros que transitan por la ciudad de México una nueva alternativa. Se promete su siesta, pero es absurdo pensar en ésta, ahora que es capitalina. No es lo mismo ir de la casa al centro en 15 minutos, que atravesar la ciudad hasta el estado de México donde trabaja, echarse una hora y media de viaje en el que los periódicos describen como el peor tráfico del mundo, y regresar retrasada para hacer la comida, ir por los niños a la escuela que está a media hora de la casa y someterse, otra vez, a los trancones que caracterizan a esta ciudad. Sus dos niños son quienes aprovechan el recorrido para dormir la siesta. No se acostumbra Isabel. Más le valdría andar en Metro, piensa a veces, con la esperanza de que ahí sí podrá dormir... Bueno, eso cree. |
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