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Independiente de los resultados finales, el protagonismo del hip hop en la edición 2001 de los Grammys ha transgredido el margen de expectativas que se tenía sobre este género en la cultura popular americana. Este año marca el comienzo de su etapa "multiracial" más importante, por lo visto, y la conquista de nuevos mercados -órbitas que se consideraban fuera de sus posibilidades terrestres- están a pocos centímetros de distancia.
Por: Chucky García, Calle22.com, Bogotá

Hace 20 años el hip hop era una fantasía como la que Stanley Kubrick presentó en su película espacial 2001: a Space Odyssey, en 1968. Hoy día, tal como sucedió con el emblemático filme y sin un curso de prestidigitación bajo el brazo, el concepto a emitir es que la realidad se ha superado a sí misma, entregando de paso nuevos elementos para entender el fenómeno y su influencia ideológica en otros círculos de poder de la música.

Artistas de rap: misteriosas divas que sugieren la idea del capo y del político
El primero de ellos tiene que ver con su proliferación "multiracial", entendido como el posicionamiento de los artistas blancos en un negocio tradicionalmente dominado por negros, que si bien había tenido ejemplos simbólicos como Vanilla Ice -para mal- y Beastie Boys -para bien, no había alcanzado un golpe publicitario tan alto en el panorama conservador como el que hoy día tiene Eminem, atracción central de los premios Grammy 2001.

A diferencia de muchos otros protagonistas que han pasado por las innumerables ediciones del galardón, Eminem, un chico rubio de Kansas City que habría cabido dentro de una audición para integrante de los N´Sync por su atracción sobre los adolescentes, no depende de los resultados finales para validar su exitosa apología a la violencia intrafamiliar, como tampoco lo necesita su tutor Dr Dre, icono del rap más radical (gansta), llamado a formar parte de la vitrina central de los oficialistas premios a cuenta de su propio discípulo.

La base de sus operaciones comerciales no es otra que la misma de una cultura que desde 1968, precisamente, ha transformado la depresión de los ghettos de color de América en situaciones creativas de mensaje, rima y ritmo, que dependiendo de su capacidad de solvencia o de su magia para cautivar a los incautos dan en la diana de la industria.

Generalmente es una mezcla de estas dos últimas la que convierte a los raperos en misteriosas divas, paradigmas que sugieren la idea del capo capaz de aplastar a sus rivales con un gesto o una frase, así como la de un político que critica al sistema pero que al mismo tiempo crea esperanzas sobre futuros cambios en el poder.

Estrellas malacarudas que se muestran entre nebulosas de marihuana para encubrir sus operaciones, hacer empresa, desarrollar su expresión artística y asegurar una parte del pastel antes que otro lo haga, también han decidido atrincherarse en colectivos como Wu Tang Clan para hacerse indestructibles y retomar la sabiduría de la vieja escuela, ahora que muchos hablan de una crisis de identidad.

Si bien lo de la crisis -argumentado en la proliferación del elemento blanco al interior del género- está permitiendo revoluciones como la de los puristas Wu Tang -y un movimiento de resistencia mucho más fuerte en Hispanoamérica-, tiene el apoyo de quienes lo ven como un mal necesario o como un gesto de unidad que se debe permitir el hip hop para seguir con su cruzada sobre territorios anteriormente negados.

No por ende los que consolidaron la primer gran turba incontrolable del movimiento -como Afrika Bambaataa y su obra Planet rock, en 1981- fueron claros en referirse a los alemanes Kraftwerk (Trans-Europe Express, 1977) como una de sus más grandes influencias, principalmente en la consecución del beat sobre el que se expande el rap (forma de rima primaria del hip hop), se inspira el grafitti (su expresión tradicional de dibujo) y se baila el break-dance (su manifestación clásica de baile).

Lo que sucedió hace 20 años (o lo ocurrido en la última década con el neo hip hop en la cultura americana) no podrá chocar contra lo logrado por Last Poets en el 68, aunque sin lugar a dudas esta cultura hubiera sobrevivido a toda costa sin el elemento blanco.

Mas lo que hizo de 2001: A Space Odyssey una revelación sin precedentes y un signo a tomar partido en muchas otras épocas fue la interelación alcanzada por la computadora Hal 9000 y el astronauta David Bowman, aún en medio de su disputa por el control de la nave.



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