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Historias de tanos y gallegos "La nostalgia por una época que ya se fue, el reflejo imaginario de los millones de rostros de diferentes etnias que coincidieron en un mismo punto de llegada, similares ilusiones y esperanzas y el figurado aleteo de los distintos idiomas que habitaban el silencio de una costa bucólica, nos arrastran a emociones y sentimientos que conmueven y nos llevan a pensar en ese gran buscador de la libertad y el progreso que fue el inmigrante en todos los tiempos y en todas las latitudes". Raquel Bigio. Por: Luciano di Vito Calle22.com, Buenos Aires “Los brasileros salen de selva, los mexicanos vienen de los indios, pero nosotros los argentinos, llegamos de los barcos”, dice una canción de Lito Nebbia. Cierta y certera la frase no escapa para nada de la historia. Es que, finales del siglo XIX y mediados del siglo XX, los extranjeros veían a estas tierras como un lugar de progreso. Así, raudales de italianos, españoles, polacos y otras comunidades arribaron a una Argentina que comenzó a forjarse cruzando culturas diversas y modificando a cada rato sus costumbres. Los movimientos se concentraban en el puerto. Allí muchos supieron que no volverían o que tardarían años en regresar a sus tierras de origen. Parecido al destierro, los extranjeros se hicieron más argentinos, con el tiempo, que los propios argentinos. Las guerras europeas convirtieron a este lejano país del cono sur en tierra segura. Pero se sabe: no hay paraísos perfectos. La historia de Don Manuel -Don Manolo, en el barrio- es el reflejo de aquellos tiempos. Su almacén es un sobreviviente que aún da pelea a los enormes hípermercados del barrio norte. A los 86 años, el hombre apenas escuchó hablar de internet, aborrece de las fotos y cuando éste periodista le dice que sus palabras van a salir publicadas, el anciano y coqueto español ni se inmuta. “Yo era muy pequeño cuando llegué a la Argentina. Vinimos con mi padre y con mi madre embarazada de mi hermana -que Dios la cuide mucho- no fue fácil para ellos. Los primeros tiempos los pasamos en una pensión horrible, húmeda y sin baños. Mi padre consiguió trabajo en el mismo puerto, como estibador, y lentamente fuimos progresando. Mi infancia transcurrió en la calle. No era difícil conseguir amistades. Mi madre se daba maña con la costura y a mi no me gustaba para nada estudiar. Padre nos decía a los hermanos que debíamos estudiar. Más de una vez me sacudió la espalda a rebencazos por que yo no quería saber nada”, dice con la mirada puesta en alguna parte. Lejos del barrio norte argentino, en Roma, Rubén Oliva extraña a su hija. Pronto cumplirá 40 años. Actualmente se desempeña como documentalista de investigación en la RAI (Radio Televisión Italiana) y no le va nada mal. No es la primera vez que deja Argentina. Pero el periodismo -como todos los otros oficios se ha vuelto muy difícil- y ante la venta de los canales de televisión, Rubén no lo pensó. Cómo nadie es profeta en su tierra, aprovechó los contactos y lo que no consiguió acá no tardó en encontrarlo allá. En ambos casos, lo que más se extraña son los afectos. En ambos casos, una serie de imposibilidades de mejoría y sueños optimistas hicieron posibles los viajes. Si a comienzos del siglo XX la Argentina era un lugar para quedarse, la tendencia 100 años más tarde parece indicar lo contrario: es un lugar para irse. Oliva extraña afectos y no otra cosa. “En Italia las cosas funcionan, si trabajás te pagan, te exigen y podés progresar. Nadie te regala nada pero podés tener futuro, cosa que en la Argentina parece poco probable. En los diarios de acá, nosotros no existimos, salvo por el fútbol, claro”, explica contundente. En las puertas de las embajadas norteamericanas, españolas y en los consulados italianos y en menor medida de Alemania y Francia, las colas por averiguaciones son cada vez más largas. La oficina que entrega los pasaportes tiene, con respecto al año pasado, un 150 por ciento más de pedidos. Hace años, cuando en las paredes porteñas había grafittis podía leerse en ellas la siguiente leyenda: “La única salida es Ezeiza”. Por eso, no es raro encontrar Argentinos en cualquier parte del globo. Los que se van, y no necesariamente por turismo, no vuelven. Don Manolo y Oliva no se conocen. Uno vino para quedarse y no perdió el acento. Se nacionalizó argentino y sus hijos nacieron aquí. Hace algunos años regresó a Pamplona pero le dio la típica nostalgia argentina y regresó antes de lo previsto. Oliva nació en Buenos Aires, se crió en Italia y regresó para instalarse. Pero no pudo ser. Los efectos devastadores del gobierno de Carlos Menem adelantaron su retirada. “Por el único motivo que volvería es por mi hija”, dice, con la cual se habla por teléfono o por ICQ. Si la historia es circular como afirman algunos entendidos, lo que alguna vez fue la tierra de las esperanzas para extranjeros que soñaban y lograron construir una vida, el presente es lineal: muchos, y cada vez más jóvenes, son los que se quieren ir. Los moviliza la idea de un futuro, de una calidad de vida más digna y no la de un estancamiento que a veces parece eterno. Hoy el viejo hotel de los inmigrantes es un museo que se encuentra en la costa del puerto. Por allí vinieron esperanzados cerca de tres millones de personas en menos de veinte años, muchos de los cuales regaron con hijos la despoblada argentina de entonces. A cincuenta kilómetros de allí, está la puerta de salida hacia nuevos horizontes que pueden percibirse apenas el avión despega. |
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