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Mojados y a un paso de no ser nadie

Cada día, mil mexicanos lo intentan y uno muere tratando de estar allá. Se van porque no tienen oportunidades. En el camino se cruzan con otros como ellos, los que vienen de Centro y Sudamérica, que sufren un calvario más largo todavía porque no sólo padecen a las autoridades de Estados Unidos sino a las mexicanas.
Por: Sonia Sierra
Calle22.com, México


Los primeros en salir de Lima fueron Carmen, Alfredo y el pequeño Alfredo, que entonces tenía nueve meses. En las afueras de la capital peruana criaban cerdos y tenían un pequeño restaurante que no era gran cosa. El futuro, para aquel entonces, 1965, era muy cortico, por eso decidieron dejarlo todo.

Atravesaron Latinoamérica en autobuses. Entraron a México y a Estados Unidos en condiciones de penuria porque era poco lo que traían en el bolsillo. Quince días tardó ese viaje, que hoy se vuelve la gran anécdota, la historia fundadora de la familia Torres, residente en San Francisco. Tuvieron otros cinco hijos en la unión americana.

Lo difícil vino después. Traer a los hermanos de Carmen exigió armar planes concretos porque a comienzos de los años ochenta, la situación se complicó ante la entrada masiva de mexicanos, salvadoreños, guatemaltecos, colombianos…

La estrategia fue hacerse pasar por mexicanos para que, en caso de deportación, los regresaran a este país y no hasta el Perú. Gracias al color oscuro de su piel, se dijeron guerrenses, nacidos en Tierra Colorada; el Himno Nacional, los nombres del alcalde, el gobernador y el presidente, los platos típicos y algo del acento del sur, fueron parte de la estretegia que aprendieron. Dos de ellos fueron devueltos, pero más tarde alcanzaron a entrar.

Convertidos en ciudadanos estadounidenses, los Torres padecen la discriminación en ciertos restaurantes de la ciudad, donde de vez en cuando un mesero no los quiere atender por el color de su piel.

La división del norte

Todos los mexicanos tienen un conocido, un amigo, un pariente o un vecino que se fue de “espalda mojada”, de ilegal o de indocumentado. Todos se van por una razón: falta de oportunidades. Y todos cuentan una historia similar, en cuyo recorrido hubo enfermedades, hambre, acoso de autoridades, maltrato de los polleros que les cobran 15 mil pesos por el viaje (1.500 dólares), recorridos de hasta cincuenta horas en los fondos de un camión, violación de derechos humanos en los centros de aseguramiento, temperaturas extremas, abuso sexual…

Algunos ven la muerte de sus compañeros que perecen ahogados, se electrocutan en las alambradas o son asesinados por rancheros en el país del norte o por los border patrol.

La historia de sus migrantes es una cicatriz abierta para México. Una herida que no sanará en un futuro próximo: cada día cruzan unos mil indocumentados hacia los Estados Unidos, donde residen ocho millones de mexicanos, tres millones de los cuales son ilegales.

La situación empeoró con la puesta en marcha hace cinco años de la Operación Guardián, que no ha reducido el flujo migratorio, sino que ha obligado a los latinos a buscar cruzar la frontera por zonas más peligrosas, poniendo en riesgo sus vidas.

Para quienes vienen de Centro y Sur América, la historia se multiplica por dos: el acoso de las autoridades y el maltrato no sólo se padece a orillas del Río Bravo, sino que se sufre en su recorrido por México.

Tan sólo en los dos últimos meses, han sido detenidos más de 2 mil 800 indocumentados en distintas regiones de la República, procedentes de Centro y Sudamérica. A partir de la firma del Tratado de Libre Comercio, este país ha imitado la estrategia de Estados Unidos de sellar su frontera, y, en muchos casos, las autoridades locales clasifican al migrante como "ilegal", criminalizan su condición y lo catalogan de narcotraficante. En cadena, Guatemala ya restringe el paso de centroamericanos por su territorio.

Como en España, la inmigración indocumentada es un problema de oferta y demanda. En América Latina sobran trabajadores y en Estados Unidos faltan, sobre todo en la agricultura y la industria de servicios. Con papeles o sin papeles, da lo mismo, les urgen trabajadores. Pero ni el Presidente George W. Bush ni el Congreso, con mayoría Republicana, parecen estar interesados en un programa de intercambio de trabajadores, mucho menos en la propuesta del mandatario mexicano, Vicente Fox, de tener fronteras abiertas.



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