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Me llaman el clandestino La ley de extranjería convierte en ilegales a miles de personas que no han cometido ningún delito y que su única falta es intentar buscar mejorar su bienestar muy lejos de su patria. Calle22.com conoció la historia de un clandestino, que no es otro que su corresponsal en Barcelona. Por: César Londoño, Calle22.com, Barcelona Hay muchas formas de vivir un suceso periodístico. A mí me ha correspondido hacerlo de una forma que nunca imaginé cuando estudiaba esta profesión en Colombia: he vivido en carne propia las vicisitudes de un fenómeno que afecta a millones de personas en todo el mundo, la inmigración, convertido en el día a día de los medios frente a la actualidad de los países ricos, en este caso, uno como España. Como muchos jóvenes de mi país y de América latina, siempre soñé con la posibilidad de estudiar en el extranjero y conocer una cultura nueva. Fue así como un día me vine para España con el fin de ampliar mis estudios, que una vez terminados se convirtieron en una realidad diferente: para estudiar no existe ningún problema legal, pero sí un costo monetario que se amplía con el hecho de vivir en un país donde la vida es cara. La consecuencia es lógica: uno se ve en la necesidad de trabajar teniendo en cuenta que conseguir un empleo no es nada fácil. Cualquier país le otorga la visa a los estudiantes foráneos ya que estos invierten su dinero en la economía interna, pero a la hora de otorgarles un trabajo las reglas de juego varían: las empresas son muy reacias a contratar gente “de afuera” sin permiso de trabajo, aún más cuando corren el riesgo de contraer sanciones y multas. La cultura de la basura La solución que le queda a uno es echar mano de trabajos “basura”, duros, mal pagados y, que por lo general, son dirigidos por la mano de explotadores que se aprovechan de la situación del inmigrante. Contradictoriamente, España es un país de emigrantes. Las guerras y la pobreza provocaron que miles de personas y familias nativas se fueran a lo largo de casi todo el siglo XX, y por lo tanto, pocas personas venían a este país en busca de un mejor futuro. Antes de 1980, de hecho, la mayoría de extranjeros que llegaban a España eran básicamente exiliados de regiones que sufrían dictaduras militares. Posteriormente, la recuperación económica del conjunto ibérico lo llevó a ocupar un puesto dentro de los planes de proyección económica de la Unión Europea. A mediados de los años 80, en ese sentido, fue cuando los ciudadanos de los países del norte de África comenzaron a ver en España la posibilidad de labrarse un futuro, declinando de paso de sus antiguos colonizadores de Francia, Inglaterra y otros países del norte de Europa. Suramérica, por su parte, miraba hacia Norteamérica a la hora de dar el salto, pero no desechaba la posibilidad de hacerse un espacio en España. Vacas inmigrantes Hace un lustro, cuando quien escribe llegaba a vivir aquí, ya era palpable la llegada masiva de inmigrantes, especialmente árabes. El fenómeno comenzaba a permear las páginas de los periódicos y otros espacios de comunicación, y en pocos meses tuvo la "cualidad" de convertirse en uno de amplio sentido polémico: casi al mismo tamaño de los problemas de terrorismo de ETA o del mal de las “vacas locas”. Como en una irónica ley de Murphy, el dinero que tenías para mantenerte por un buen tiempo lo utilizas para montarte en el tren del consumo del lugar, y con ello nace, paralelamente, un calvario de incertidumbres en busca de trabajo y legalidad. En espera del milagro de una buena oferta laboral o de la redención de la residencia, el tiempo, para uno, transcurre entre sectores laborales muy determinados como la construcción, la agricultura o el servicio doméstico, los cuales son rechazados por los propios españoles porque son trabajos con larguísimas jornadas laborales. De otro lado, las autoridades no logran unificar conceptos y permanentemente modifican las leyes, haciendo que cada vez los procesos sean más complicados y aparatosos. Contradictoriamente, lo fácil es ver cómo en Europa aumenta la carencia de trabajadores para muchas otras franjas de la economía, y que los ciudadanos y los gobiernos locales no se atreven a recibir al extranjero por el temor de perder su “estado de bienestar”. Clandestinos de corazón Hoy día, luego de casi cinco años de vivir en España, he conseguido un permiso de residencia y un trabajo, sin que esto le reste importancia al lento y complicado proceso que he tenido que vivir: antes de esto, me denegaron el permiso de trabajo en dos ocasiones, y expidieron una orden de expulsión en mi contra, que estuvo vigente durante casi 18 meses (período en el cual, valga la aclaración, no conté con ningún tipo de seguridad social ni servicio de salud a pesar de estar trabajando para diversas empresas). Pero el calvario no termina con obtener la famosa legalidad. Abrirse un espacio dentro del campo laboral para el que uno se ha preparado es muy difícil, siendo muy pocas las personas que logran ejercer su profesión en un país como España. La incertidumbre, por su parte, sí logra hacerse un buen espacio en la cotidianidad que nos toca enfrentar, a pesar de que las nuevas generaciones de españoles se muestran más diversas. El limbo legal, de ese modo, parece no acabar en la expedición de un permiso de trabajo o residencia, y el sentirse "clandestinos" se mantiene latente en el corazón de todos los que algún día pisaron estas tierras con la simple ilusión de una mejor vida. |
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