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página principal / entretenimiento, cine Ahogado en sangre Hannibal es una mala continuación de El Silencio de los Inocentes que cae en todas las trampas sensacionalistas que evitaba la primera. Mucha sangre, tripas y carne pero poco cerebro en esta película de Ridley Scott. Por: Manuel Kalmanovitz G. Calle22.com, Bogotá Es un lugar común decir que las segundas partes de las películas son peores que las primeras y esta película, continuación de El silencio de los inocentes, se ocupa de confirmarlo. A diferencia de las continuaciones de películas como El Padrino o Aliens, esta película no se ocupa ni por un momento de quitarse de encima la sombra de su predecesora. El truco para hacer secuelas que valgan la pena es darle un giro a lo visto en la original. La franquicia de Aliens lo logró llamando a directores bien diferentes con preocupaciones particulares. Lo que para Ridley Scott era una película de terror atmosférico se convirtió en una tensa película de acción en las manos de James Cameron. Y la gente salía feliz de haber podido verle otro ángulo a la misma cosa. Y eso no sucede acá. Para los que no vieron la primera parte es útil hacer un resumen de lo que pasaba. La agente Clarice Sterling (en esa época interpretada por Jodie Foster) debe atrapar a un asesino en serie apodado Buffalo Bill que despeyeja a sus víctimas. Para lograrlo debe pedirle ayuda a otro asesino en serie, el doctor Hannibal Lecter. La película se centra en la extraña relación que se da entre estos dos personajes y termina con el doctor, que se ha escapado, llamando a Clarice desde alguna ciudad italiana. Aunque El silencio de los inocentes era una película de género también era una buena muestra de la clase de cosas que le interesan a Jonathan Demme, su director. Un tema que se repite en sus películas es el de las familias accidentales que la gente crea en su esfuerzo para encontrar su lugar en el mundo. Y ese era, al fin y al cabo, el corazón de todo lo que sucedía en El silencio (igual que en Philadelphia, Casada con la mafia y Algo salvaje). Hay varias razones por las que la secuela se demoró tanto en salir. Primero, está el ritmo celebremente lento con el que escribe Thomas Harris, autor de la novela, que tomó once años para terminar esta continuación. Luego vinieron los líos de casting. Anthony Hopkins aceptó retomar su papel pero Jodie Foster no (consideraba que la transformación que sufría su personaje no estaba justificada). Jonathan Demme tampoco aceptó y en cambio el productor Dino de Laurentis llamó a Ridley Scott, un director más efectista que efectivo. El resultado general no es bueno. Hay partes que desencadenan inevitables dejá vu: la agente Sterling trotando en el bosque recuerda al comienzo de El silencio de los inocentes. El acento monótono del Hannibal Lecter de Hopkins deja de parecer amenazante tras estar sin cadenas. Y sus diálogos salpicados por pequeños dichos supuestamente jocosos (como "okey-dokey", idea del mismo Hopkins) antes que darle relieve a su personaje lo aplanan. El villano de esta película no es Lecter sino Mason Verger, un multimillonario acusado de violar niños que terminó con la cara como una hamburguesa con costra gracias al tratamiento del Doctor Lecter. Condenado a una silla de ruedas, ha puesto en marcha una búsqueda internacional de su enemigo y financiado la crianza de cerdos especiales que comen carne humana para el día de su venganza. A diferencia de El silencio, está película se deleita en la cantidad de sangre, tripas y carne que pasan por las manos de Lecter. Al parecer Scott no se ha dado cuenta que lo más terrible son las cosas apenas sugeridas, contornos que cada espectador se encarga de colorear con su tono personal de horror. La relación entre el doctor y la agente Sterling también resulta más obvia que en la primera parte, sobre todo por la caricatura ambulante en que Hopkins ha convertido a Lecter. El esfuerzo de Julianne Morre (remplazo de Foster y una de las mejores actrices del Hollywood actual) por mantenerse tensa la mayor parte del tiempo no sirve de mayor cosa. |
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