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El ídolo Chow Yun Fat encarna al héroe.
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Si los karatecas más duros de las películas se dieran en la jeta ¿quién ganaría?
Es una película de acción con sobretonos épicos, una película de acicón que no olvida que sus personajes tienen alma y corazón. Un placer.

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Las escenas de acción son espectaculares.
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Fueron realizadas por el mismo que diseñó las peleas en The Matrix.
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La jovencita hija del gobernador.
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El ladrón de la espada.
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Ang Lee, el director.

Ballet con puños y patadas

El tigre y el dragón, dirigida por Ang Lee, es una película como pocas. Con impresionantes coreografías de artes marciales y una historia íntimista y llena de detalles. Es el primer avance para que el cine de Hong Kong entre a participar seriamente en el mercado del cine de Occidente.
Manuel Kalmanovitz G.
Especial para Calle22.com, Bogotá.


En El tigre y El Dragón dan ganas de aplaudir. Y no solo al final. También al comienzo y en el medio y cada vez que hay una pelea en la que los contrincantes vuelan por techos y palos de bambú como si la fuerza de la gravedad fuera un inconveniente menor que puede ser superado con algo de entrenamiento.

La película de Ang Lee es un plato excepcional en más de un sentido: una película de acción con sobretonos épicos, una historia de amor con peleas espectaculares, una película hablada en mandarín que se convirtió en un éxito inesperado de taquilla en Estados Unidos (donde las películas con subtítulos siempre han tenido problemas) y el primer gran éxito de taquilla en occidente de la poderosa industria cinematográfica honkonesa (aunque en realidad haya sido financiada por nueve compañías de varios países).

Lo primero que se debe decir de esta película aunque tiene montones de peleas espectacularmente coreografiadas por Woo-ping Yuen (el mismo de The Matrix y de infinidad de películas en Hong Kong), es más que una película de acción. O al menos si nos guiamos por el molde estadounidense. Es cierto que después de cada pelea dan ganas de pararse del asiento y aplaudir, pero hay más que eso: las ideas del honor, la lealtad y la tradición son el eje central de la película. Ideas también que el cine de acción estadounidense ha desplazado para remplazarlas por individualismo tonto (véase Rambo II o cualquier película de George Segal).

Muchas cosas suceden en la película. En primer plano está un romance aplazado entre dos guerreros: Li Mu Bai (interpretado por Chow Yun Fat) y Shu Lien (Michelle Yeoh). La relación ha debido aplazarse porque Lien estaba comprometida para casarse con el mejor amigo de Mu Bai que murió en una batalla lo que, según el código de honor, hace inaceptable una relación entre los dos.

Pero luego de una intensa meditación Mu Bai decide volver donde Lien y de alguna manera declararle su amor. También decide mandarle su espada a un amigo como símbolo de que su vida de batallas y peleas ha terminado. Pero la espada es tomada por un misterioso ladrón que logra escapar con ella. Lo más grave es que el ladrón de alguna manera está relacionado con Zorra de Jade, la asesina del maestro de Mu Bai y eso obliga al guerrero a volver a la lucha.

Las peleas son impresionantes. La primera, cuando el ladrón roba la espada de la casa de Sir Te y es perseguido por Lien, parece el set definitivo en un partido del Grand Slam, donde los espectadores deben aguantar su respiración para no perderse ni un detalle. No fue raro entonces que cuando esta película se presentó en Cannes el año pasado, el final de esta pelea fuera recibida con aplausos y chiflidos de júbilo, era como ver a Pete Sampras rematar un partido con un Ace fulminante.

Pero lo más impresionante es que acá hay mucho más que peleas. Ang Lee es un director de origen taiwanés que se graduó del programa de cine de NYU junto a Spike Lee. Y su carrera ha sido un muestrario diverso de un director sensible, de cierta menera especializado en pequeños dramas cotidianos. Desde sus primeras película Healing hands, pasando por El banquete de bodas y Sensatez y sentimientos y terminando en la sobrecogedora La tormenta de hielo Lee se había especializado en dramas íntimos donde no pasaba mucho, pero donde lo poco que sucedía era capaz de hacer temblar hasta sus cimientos las vidas involucradas.

Y en cierta forma eso también está acá. En las escenas íntimas entre Li Mu Bai y Shu Lei se nota que detrás de todo hay un director que sabe poner su ojo en las cosas pequeñas y significativas. El sielencio de las conversaciones contrasta tanto con los sentimientos reprimidos que no alcanzan a demostrarse como con las peleas coloridas y elegantes como ballets. Pero un contraste que hace que los puños y patadas, que las estocadas que vienen y van resulten tanto más temibles por lo que amenazan con destrozar.

La película es, en síntesis, un placer de ver. Hace mucho tiempo no venía una película así: espectacular, honorable, intimista. Y que no deja ese sabor amargo posterior de haber sido manipulado hasta el cansancio que dejan las películas estadounidenses que pretenden hacer lo mismo.


Si los karatecas más duros de las películas se dieran en la jeta ¿quién ganaría?


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