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Colombia: el nuevo Vietnam de Hollywood Si el Plan Colombia, los narcotraficantes o las masacres no han convencido a la opinión pública internacional de que lo que se vive en Colombia es como un ciclo de películas de terror, drama y hasta comedia negra, prepárese porque aún hay más. Pero no traiga palomitas de maíz; solo una bolsa para el vómito. Por: Chucky García Editor de Música y cine, Calle22.com En las zonas rurales colombianas, al cotidiano y masivo fuego cruzado de los paramilitares, los guerrilleros y los soldados se han unido las granadas de fragmentación de Arnold Schwarzenegger y el fusil de Russell Crowe, quien ha colgado su traje de gladiador romano para ponerse la corbata camuflada de un negociador internacional. La cosa es aún peor. Meg Ryan también ha traído al campo del conflicto sus mascarillas faciales de pepinillos y sus esmaltes de esposa "fiel", y Brendan Fraser, con su cara de cómico tonto y desahuciado, ha hecho lo mismo con sus bigotes de Juan de Marco y sus blancos trajes de narcoterrorista aliado con satán. Mientras tanto, en una entrevista para un diario local, el actor de origen colombiano John Leguízamo, compañero de set en la batalla antiguerrillera que Schwarzenegger protagoniza para la Warner Bros, ha advertido que de no explicarse la verdadera situación de lo que ocurre en este país, tan solo será "otra nueva explotación cinematográfica de otro país latinoamericano". Demasiado tarde, quizá, aún con la inocente y cómplice declaración de Leguízamo de parte de la supuesta verdad, porque Hollywood se aburrió de destruir complejos militares vietnamitas, soviéticos, nicaragüenses o extraterrestres, y ahora enfila su elenco de héroes del mercadeo y divas del lagrimeo gratuito para impartir su visión sobre uno de los problemas políticos con mayor eco en los medios de información contemporáneos. Soldados del Planet Hollywood Del rumor de una versión cinematográfica sobre la vida del extinto capo Pablo Escobar, o de las viejas imágenes de una Colombia absolutamente selvática, conflictiva y subdesarrollada como las que presentó el filme En busca de la esmeralda perdida (Romancing the Stone, 1984), la industria norteamericana del séptimo arte pasó a esquematizar toda una compleja sociedad, sin importar, de nuevo y como le ha pasado a muchos otros países temáticos de Hollywood, que el drama humano no está para pronósticos taquilleros y mucho menos para t-shirts estampadas. Prueba de vida (Proof of life, 2000), Al diablo con el diablo (Bedazzled, 2000) o Collateral Damage (título con el que hasta ahora se conoce la película de Schwarzenegger y Leguízamo) son apenas la punta de un iceberg que viene en constante proceso de emersión desde el último año, y que sospechosamente coincide con el tiempo de gestación de los planes militares y de erradicación de cultivos ilícitos que el gobierno de Estados Unidos ha aprobado en favor del Estado colombiano (como el llamado Plan Colombia). Dejando de lado términos como el de "sospecha" -más célebre en boca de vecinas chismosas y detectives del género policíaco-, el tamaño completo de aquella mole de tergiversación está por verse, sin que esto evite el hecho de imaginárselo: solados élite de la CIA y la DEA que vienen a Colombia a rescatar ciudadanos norteamericanos secuestrados, o que simplemente buscan que cese aquella producción de estupefacientes que está empañando el ejemplar comportamiento de quienes habitan las tierras del Tío Sam. Cansados de perseguir pequeños traficantes y de abalear negros que roban carteras en las calles de Los Angeles, los Charles Bronson, los Steven Seagal o los Mel Gibson no dudarán en tomar el avión hacia la tierra de García Márquez para verse las caras con peces más grandes, como un Manuel Marulanda, un Carlos Castaño o alguna reencarnación de Escobar (iconos de la violencia colombiana); robando de paso el corazón de alguna femme fatale del lugar (las Jennifer López que nunca faltan) y regresando a Norteamérica, justo a tiempo, para departir con los fans y tomar un café en el Planet Hollywood. Colombia negra, Colombia de ficción La situación es inevitable y lo será cada vez más con la llegada de nuevos personajes y planes "pacifistas" al conflicto real, cuyas mesas de diálogo, por ejemplo, podrían funcionar como un taller de guiones cinematográficos para géneros tan diversos como la comedia negra y la ciencia ficción. La filmografía del cine colombiano al respecto, de hecho -y como si se tratara de productos salidos de aquella comedia circense donde se negocia la vida de la gente de una forma similar a la de una pelea entre gallinas y zorros- ha sido una insulsa muestra de caricaturas y aproximaciones erráticas, sin mayores argumentos que el sensacionalismo, el humor del pastelazo en la cara y la documentación histórica de tercera mano. De Golpe de estadio (Sergio Cabrera, 1998) a La toma de la embajada (Ciro Durán, 2000), la sensación que flota en el ambiente de quienes no tragan entero es que el mal ejemplo ha comenzado por casa, y que así, al final de cuentas, será aún más difícil cuestionar los estereotipos que sobre el país desarrollen los espectadores internacionales. Así, un narcotraficante de pésimo acento colombiano que huye tras la explosión de sus laboratorios y mansiones en la selva (Bedazzled), una mujer que busca la liberación de su secuestrado esposo luchando contra las guerrillas y acostándose con su abogado (Proof of life) o un combatiente del gobierno norteamericano cuya salida al conflicto, al parecer, es matar a todos sus protagonistas armados, podrán ser vistos con buenos ojos por aquellas multitudes que demandan un cambio de escenarios en el cine de acción de Hollywood, sin importar a qué costo. Colombia (el país con uno de los éxodos humanos más dramáticos de la actualidad) lo tiene todo, en ese sentido, incluyendo las salas de cine para que sus ciudadanos se coman todas estas situaciones, cuyo común denominador es el no haber sido, ni siquiera, rodadas en la región. |
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