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Tráfico de influencias La Academia premió a la película Traffic con dos Oscar a Mejor dirección y Mejor adaptación cinematográfica. Reconocimiento absurdo a una visión caricaturesca, cliché, telenovelesca y hasta cínica de un drama que en la vida real tiene otro ritmo, y en donde Estados Unidos y Hollywood no son los que ponen la cuota de víctimas. Solo la ficción, las cámaras y los héroes de papel. Por: Chucky García Editor de Música y cine, Calle22.com Sobre la pantalla y contra los apuntes de la crítica, el papel del australiano Russell Crowe en The Insider (El informante, 1999) supera al suyo propio en Gladiator (El Gladiador, 2000), interpretación por la que acaba de recibir un premio Oscar en la categoría de Mejor actor. Hace un año, y cuando Rusell hacía parte de la misma nominación, la Academia prefirió lavarse las manos y hacer de lado tanto al actor como a casi todos los involucrados en esta reveladora cinta, que ponía de manifiesto los desmanes y retorcidos planes de la industria tabacalera en Estados Unidos, de la que Hollywood siempre ha sido una gran aliada. Para la Academia, fiel a su inquebrantable política de no apoyar filmes que puedan causar algún cambio radical a la aventura idealista y romántica que destella el Primer Mundo desde la industria del séptimo arte, un maquillado gladiador muriendo por su gente en la arena de un coliseo mientras una hermosa playmate derrama sus tiernas lágrimas sobre su cuerpo, siempre tendrá privilegios frente al de un científico expulsado de un monstruoso monopolio económico por oponerse a la utilización de sustancias nocivas en los cigarrillos que se fuman los adolescentes. En el caso de Russell, y como alternativas paralelas a Gladiador, un papel en Las locuras del Emperador o en Los Ángeles de Charlie también le habrían llevado al mismo reconocimiento dentro de los Oscar, ya que allí todo está homologado en un mismo nivel de "intelectualidad" donde la ficción, lo cómico o lo real no tienen fronteras divisorias, siguiendo el margen de aquella apestosa y consumista idea de la globalización. Dejando de lado el caso Crowe, Academia e industria demostraron que sí podían superar su cinismo: dos premios Oscar (Mejor dirección y Mejor adaptación cinematográfica) para la cinta Traffic (2001), que bien podrían ubicarse junto a las tumbas y cutres camas de rehabilitación de los protagonistas no fílmicos de este drama, que irónica y metafóricamente podría catalogarse como una variante de la world music: de Tijuana a la Patagonia, por ejemplo, cada intérprete/capo pone su toque autóctono pero en conjunto suena como una melodía homogénea. Una marcha rimbombante, para ser más exactos, cuyos tentáculos políticos, militares, sociales y subversivos no ceden. En el plano real, Estados Unidos, el reconocido Gladiator de esta guerra frontal, lleva años insistiendo a través de organismos internos como la CIA y la DEA, librando algunas batallas a su favor que no por ende le dan un número privilegiado en las apuestas. A raíz de esta derrota a medias, el as bajo la manga que aplica la poderosa tierra de Bush parece ser una guerra sicológica desde su industria fílmica, que en el plano de la ficción siempre ha salido más que victoriosa. Traffic es el emblema de lo mismo, sin que a nadie parezca importarle demasiado que su visión caricaturesca y cómica del narcoterrorismo tiene otro ritmo en la vida real, uno en donde ni Hollywood ni el propio Estados Unidos son golpeados por situaciones de extrema cobertura: pérdida de los valores, desaparición forzosa de ciudadanos y ajusticiamientos, proliferación de expendedores de drogas menores de edad, encarecimiento del costo de vida, falsa economía, sobrepoblación carcelaria, etcétera. La ley del menor esfuerzo Basada en la novela inglesa del mismo nombre (Traffik, 1980), el director Steven Soderbergh y el escritor Sthepen Gaghan llevaron a cabo la adaptación cinematográfica de esta historia que se desarrolla entre los carteles de las drogas de México y las autoridades anti narcóticos de los Estados Unidos, encabezadas por el zar anti drogas Robert Wakefield (Michael Douglas). Ciudades como San Diego y Tijuana son los escenarios en que se mueve éste y otros personajes como Helena Ayala (Catherine Zeta-Jones), Javier Rodríguez (Benicio del Toro) y Caroline Wakefield (Erika Christensen), quienes (en igual orden) ofician de esposa de poderoso traficante; miembro de la policía mexicana e informante de la DEA; y adolescente farmacodependiente que ve comprometido su anonimato por ser la hija del zar anti drogas. Juntos, pero casi que por aparte, deberán luchar contra el tipo de justicia y moral que trata de imponer el narcotráfico en sus respectivas sociedades, aunque a la final, y como lo plantea el filme, todo llegaría a su fin si a los del Tercer Mundo les construyen muchas canchas de beisbol para que sus niños tengan las manos ocupadas, y a las familias de las potencias mundiales las obligan a acompañar a sus hijos a las charlas de rehabilitación. Entre otras escenas idealistas, otros personajes cliché y algunos pocos datos interesantes (puestos en boca de personajes secundarios para amortiguar el golpe sicológico que podría causar entre los herederos y coterráneos de Walt Disney), Traffic se interna tímidamente por los códigos de conducta que imperan en los barrios de traficantes negros que están ubicados dentro de las ciudades norteamericana de mayoría blanca, así como en la corrupción de los ejércitos latinoamericanos que públicamente aseguran combatir aquel flagelo. De Fox a Fox Pero al igual que la frontera que divide a estadounidenses y mexicanos, la película comete el error de señalar cuál es la línea del bien y cuál la del mal, como si no fuera suficiente con lo que han hecho los demás medios de comunicación. Según el filme de Soderbergh, al primero le corresponde poner la cuota de víctimas inocentes y sacrificios familiares, personas que caen en medio del conflicto sin pensar en nada más que en su país, y que luego son recompensadas con un homenaje castrense y un entierro al nivel de un héroe. Los segundos, según Traffic, colocan la cuota de corrupción y violencia sediciosa como los demás países latinoamericanos implicados en este delito, con otros agravantes como comprar la reputación de abogados norteamericanos y desarrollar una guerra sin cuartel contra sus competidores en el mercado. Situaciones de las que resta decir son demasiado próximas o idénticas a las que suceden en el plano real, no por ende ameritan el maniqueismo de lo explícito, entendido como el hecho de conmover, con cuadros de violencia, a un público tradicionalmente impresionable. Traffic no tiene, en conclusión, revisiones sobre el conflicto de las drogas que justifiquen el costo que un espectador debe asumir para entrar a una sala de cine. Su factura dramática (actuaciones) tampoco justifica que el espectador tenga que sentarse durante dos horas para ver esta comedia romántica de 35mm, con un ritmo tan lento como los movimientos de la embarazada (y embarasosa) Zeta-Jones. De la frontera hacia arriba, quienes se deciden por acceder a Traffic verán una telenovela romántica sobre los carteles de las drogas, al mejor estilo de las grandes superproducciones de la Fox. De la frontera para abajo, en cambio, sería más indicado seguir creyendo que tráfico es lo que ocurre en las esquinas de los barrios y ante los brazos cruzados de los ciudadanos y sus hogares, incluyendo al del presidente Vicente Fox, modelo de la impotencia política y militar que el fenómeno genera entre los gobernantes de la región. |
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