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Fuego, grasa, Jack Daniel´s y rock&roll
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| | La popularidad y masificación del rock lo han convertido en una música fría y calculadora. Buscando su deshielo, una corriente de músicos nórdicos y estadounidenses está recuperarando sus orígenes salvajes y su estilo de vida decadente. | Por: Chucky García
Editor de Música y cine, Calle22.com
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 | | The Hellacopters.
| | No hay nada original. Sólo el reencauche de una postura enferma que tanto gusta a los que prefieren el rock salvaje por encima del rock tipo MTV. |
|  | | Nashville Pussy.
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|  | | Backyard Babies.
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La orden del día es desarchivar las chamarras, los tatoos y las botellas de Jack Daniel´s. En los escenarios hay féminas rudas escupiendo fuego y en los estudios de grabación tipos dementes cuyo régimen alimenticio está integrado por café negro, pollo frito y cerveza Budweiser. La figura del rockero primitivo y decadente está contra-atacando a la sombra de una ola de rockeros-raperos como los Korn o los Limb Bizkit. El género purista vuelve a rodar por las carreteras interestatales de los Estados Unidos y Europa, principalmente por las de los países nórdicos, donde, créase o no, se está fabricando el sonido más arrabalero y sucio, a la vieja usanza de las leyendas como AC/DC, Black Sabbath y Motörhead.
Camionetas destartaladas, repletas de groupies no menos dispuestas a recibir autógrafos en sus tetas y palmadas en sus nalgas, movilizan la revitalizada figura del rocker-sapiens, hombre primitivo del rock del que se desprendieron los tres pilares fundacionales de esta música en la mitad del siglo XX: sexo, drogas y rock and roll.
La reivindicación de estas aristas como sinónimo de gallardía y orgullo rocanrolero contrasta con lo que en los últimos cinco años bien podría ser definido como el “rock de agua mineral”, bandas de tipos apuestos vestidos como negros pandilleros que en su boom comercial no han dudado en guiñarle el ojo a las corrientes de moda como el hip hop y la música electrónica, pero que en el fondo no significan ningún peligro para la salud del establecimiento.
Ahora, esta nueva camada de rock primigenio, que incluye bellas mujeres con tendencias bisexuales, expone bandas que apestan a grasa de comida rápida, con letras tan vulgares como sus gestos y discos grabados a toda velocidad en empresas de poca monta que llevan nombres como Huevo Estudio.
No hay nada original. Sólo el reencauche de una postura radical y enferma que tanto gusta a los que prefieren el rock salvaje por encima del rock tipo MTV. Pero, sin duda, el hecho de que mes a mes aparezcan nuevas figuras en un ejército de proezas ebrias en el que ya militan bandas europeas como The Hellacopters, Backyard Babies y Gluecifer, y norteamericanas como Buckcherry y Nashville Pussy, convierte a esta reaparición de rockeros rudimentarios en un fenómeno atractivo e inusual al que no se le debe perder el rastro.
Vikingos tatuados
The Hellacopters, Backyard Babies y Gluecifer provienen de países como Noruega, Suecia y Finlandia, donde el mayor acontecimiento artístico había corrido por cuenta de grupos pop como Abba, exitosa música ambiental para supermercados sobre la que ahora cae un baldado de agua fría... ¡Cerveza fría para ser más exactos!.
Tipos de origen vikingo que cambiaron los músculos por los tatuajes y cuyo delgado aspecto físico podría hacerlos pasar por un grupo de adolescentes enclenques, poseen la suficiente cara de “Se Busca. Vivo o Muerto” como para atemorizar a su audiencia y así persuadirla para que compre sus discos.
Debido a que en muchos casos es el propio gobierno quien se encarga de costear la grabación de los demos y de surtir los lugares de ensayo, otra veintena de grupos alista su debut discográfico.
Los lemas rockeros en Escandinavia también se extienden con la llegada de nuevo público y nuevos artistas: hace un semestre la frase favorita de todos era “Vamos a rockear con las pelotas al aire” (de Gluecifer). En estas semanas, el santo y seña para pertenecer al club de los malos modales y las canciones estridentes es “Sexo, mujeres, problemas, autos, cerveza y rock and roll”.
Aunque Backyard Babies (Suecia) y Gluecifer (Noruega) han conseguido una vida de comodidades y buenos augurios para cada uno de los dos álbumes con los que ya cuentan en su corta carrera (dos por cada banda), la que se lleva todas las palmas, escupitajos y rechiflas del público es la sueca The Hellacopters.
Su frase de batalla –citada anteriormente- es apenas un eslabón en la chaqueta de cadenas que sugiere su música, donde las canciones no duran más de dos minutos y donde se reivindica el poder de los cuatro elementos principales del rock de vieja guardia: voz ronca, bajo, guitarra y batería.
The Hellacopters son actualmente el ejemplo a seguir por una generación económicamente pudiente de artistas de garaje, que habla sin pudor de su adicción por los cómics, las revistas pornográficas y las prostitutas. Es una generación cuya edad promedio no supera los 30 años y que odia todo lo que tenga que ver con techno, dance o cualquier otro síndrome de música electrónica, que no ve a los Estados Unidos como la meca musical moderna aunque reconoce que nóminas como Buckcherry y Nashville Pussy, situadas en su misma onda, tienen la suficiente desfachatez para romperle las pelotas al que se les atraviese.
Las temidas féminas rubias
Las dos mujeres de Nashville Pussy no tendrían problema en hacerlo. Aunque en vivo y en las portadas de sus singles es común verlas chupándose la lengua de manera sarcástica, reconocen que su régimen personal de entretenimiento no es enteramente homosexual. En éste aparecen cláusulas inamovibles respecto a jugar con las bolas de sus fans masculinos... ¡y también con las de fuego!
Corey Parks y Ruyter Suys, bajista y guitarrista de este cuarteto norteamericano surgido en una ciudad donde el country manda (Nashville), incluso han llegado a quemarle la cabeza a los fanáticos que no han guardado la distancia suficiente entre sus puestos y el escenario, o han optado por enfrentarse a puños a los espectadores que tras bambalinas aguardan por besarlas a la fuerza o meter sus manos dentro de sus provocativos y ajustados pantalones de cuero.
Corey, con talla de jugador de baloncesto y actitud de vaquera indomable, conoció a Ruyter cuando ésta última tocaba con una banda de la zona conocida como Nine Pound Hammer. Después del show en el que se vieron por primera vez, entre ellas surgió la intención de crear una agrupación de carretera que evocara toda la fogosidad de los “clásicos” como Led Zeppelin, Chuck Berry y hasta el propio Elvis Presley. Unos días después, Nashville Pussy ya estaba en camino de la mano de Corey, Ruyter y dos elementos masculinos que se encargaron de la batería y la voz principal.
A finales de 1997, la edición de su álbum Let Them Eat Pussy (Déjenlos que coman coño) llevó a la banda de las temidas féminas rubias a la fama que nunca soñaron para sí, y su idea de convertirse en una especie de “venganza sobre Yoko Ono” surtió otro efecto inesperado: sus cortas, explosivas y gritonas canciones, grabadas en menos de una semana en la ciudad de Seattle, recibieron la bendición de la crítica norteamericana y les abrieron las puertas de una extensa gira que incluyó tanto ciudades estadounidenses como europeas.
En la península Ibérica, a su paso, los Nashville Pussy fueron recibidos como los nuevos héroes de una vieja gloria, la del rock gamberro, y fueron tenidos en cuenta, a la vez, como la punta de un iceberg de whisky, cerveza y drogas que desde Escandinavia viene rompiendo con la frialdad del rock light.
Mientras el segundo disco de la banda de Corey Parks y Ruyter Suys viene en camino, todos los que ven con buenos ojos el regreso a la vida de esta corriente del exceso esperan que, para bien del rock mismo, sus peores modales salgan a la luz pública... ¡Para ellas no será un problema!.
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