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El otro lado de Calle22.com no pagó miles de dólares por un capítulo de este libro. Sin embargo, consiguió en exclusiva “Martes de pasión”. Aunque usted crea que lo leyó en otro medio, encuentre las diez diferencias. Por: Honesto Zamper Visa-no Especial para El otro lado de Calle22.com El conejo entre los ministros se confabuló en la madrugada del martes 23 de enero de 1996. Botero había confesado la víspera. Fue un conejo reconfortante. Sabía que tenía que jugármelo todo por el poder y que, para ello, debía abrirme con absoluta sinceridad. Así lo hice. Intenté una vez más ocultar la verdad a los miembros del gabinete, pero Yanqui-e había escondido el anillo demasiado tarde. Les dije a los miembros del gabinete que podían estar seguros de que no abandonaría la presidencia, porque mi primera preocupación era salvarme, no salvar al país. Tratándose de un tema de evidentes connotaciones personales, quería amarrar su compromiso con mi gobierno y abrirles la posibilidad de que tomaran una decisión en conciencia para quedarse. Esta declaración ayudó a definir las prebendas. Casi todos los que hablaron esa noche expresaron su solidaridad con esta última propuesta. Uno de ellos, Alf Gómez Martínez, fue particularmente explícito y avaro en sus conceptos. Sobre todo muy directo: “el que miente una vez, miente toda la vida. Y no se nota”, afirmó. El martes estuve lagarteando todo el día chanchullos políticos, con la Dirección Liberal Nacional y los lentejos parlamentarios que participaban en la manguala con el gobierno. Los medios, para mi desgracia, no se incendiaron; las noticias nacionales e internacionales llegaban en boletines, faxes y despachos a mi escritorio como en avalanchas. Unos pedían a gritos mi renuncia, otros negociaban pauta oficial para respaldarme. Empezaba a sentir la narcotización... Arrancaron las renuncias. Angustio Galán me dio un argumento que terminó de inmediato con nuestra charla: había entregado su carta a los medios. Es decir, me notificaba lo mismo que había hecho Maniquí Sanín con su renuncia a la embajada en Londres y haría después Memo Terry con el ministerio de Hacienda. Independientemente de las razones o argumentos que apoyaban su decisión de dejar el gobierno, lo que de veras me molestó y me ofendió en el caso de estas personas tan cercanas fue el hecho de que todo ocurrió a mis espaldas, que no negociaron conmigo su renuncia. Con Maniquí Sanín fuimos compinches durante más de treinta años. Yo creía que ella sabía todo sobre mí. Por lo menos yo sabía todo sobre ella. Mi hogar, mi patrimonio, mi deshonra y mi familia no le fueron jamás extraños. Por todos estos antecedentes, esperaba que primero negociara conmigo, pero nunca lo hizo. Quienes conocemos a Maniquí -¿No es cierto, Daniel?, sabemos que ella es tan firme en sus pasiones como insegura en sus convicciones y que, como otras mujeres, no aguantaría un período de cuatro años. En fin, Daniel, sigue escribiendo... Lo que sí sé es que si hubiera escogido por computador el momento más inoportuno para renunciar, no habría encontrado uno mejor. Me enteré de su carta-diatriba por radio, por Camaleón, precisamente unos minutos antes de que Yanqui-e rindiera su declaración ante la fiscalía. Estaba yo en la casa privada, al mediodía, adiestrando a Yanqui-e antes de su declaración, cuando recibí el fax de la renuncia. -No puedo creer –me dijo Yanqui-e- que Maniquí no negocie, precisamente en este momento. -Lamentablemente no lo hizo –le dije- y no hay nada más que podamos ofrecer (ni el anillo). Bobito Pardo me acaba de decir que lo oyó en Camaleón camino a un almuerzo. Pero no te preocupes –le comenté, tratando de que la noticia no modificara su cinismo-. Hoy comienza la carrera de todos los que querrán conseguir cajitas envueltas en papel de regalo y de todos los que querrán verlas llegar en avionetas para sus campañas. Como sabía las capacidades histriónicas de Yanqui-e para salir por su cuenta de las infamias de que la acusaban y luego taparon, me concentré en la solución del problema. Llamé a Carlos Lentos Simpson, embajador en Viena, y le ofrecí la embajada en Inglaterra, la vicepresidencia, y le garanticé que me haría un examen médico en Canadá para que ocupara la presidencia por unos días y tuviera una pensión vitalicia. Él, con ese interés a flor de piel, no vaciló en pedirme algunas cosas más que no recuerdo ahora (Daniel ¿Tú las recuerdas?) El gobierno inglés dio su beneplácito. En cuestión de horas, esta parte burocrática estaba superada. Nuevamente, en medio de tan difícil circunstancia, la sabiduría de mi papá acudió en mi ayuda esa tarde, tal como mi mamá lo había hecho en el comercial de televisión durante mi campaña. Pobrecita ella, al fin y al cabo nadie le retribuyó su capacidad actoral. “Los amigos son amigos –decía mi padre- hasta que la justicia los separa; entonces, uno trata de demostrar a toda costa que sólo era cómplices”. Pensé en ese momento en Botero, en Medina, en los Rodríguez, en la monita... Se marcharon los Rodríguez, todos saben para dónde... Volví a recordar una perla de la cultura popular cuando Memo Terry renunció. Los tres chiflados con los cuales comencé mi actividad pública a comienzos de la década de 1980 eran Honoracio Serca, Nano Gómez Maldía y Memo Terry. Mis buenas relaciones con Honoracio son más que evidentes, aunque él hubiera querido extraditarme. Gómez Maldía, una de las personas más brillantes que conozco fue profesor mío en la universidad y, por razones que todavía no comprendo, se dignificó con su propia inteligencia y me frustró lo que ha debido ser una brillante carrera pública. Memo Terry se retiró de mi gobierno porque dudó de mí. Pienso que su decisión se precipitó porque mordió ingenuamente el anzuelo y creyó que era mejor renunciar con Quedarse en la Calle que conmigo. El recuerdo que me queda de su salida es el de un domingo por la mañana, cuando me llevó a Hatogrande un proyecto de carta de renuncia cuyos términos discutimos, entre pandeyuca y pandebono. Así lo hice con otros cómplices de mi gabinete cuando tuvimos en las manos el expediente de Medina unas semanas atrás. Sin embargo, esta vez no pude desaparecer la carta de renuncia de Terry porque ya Establecimiento Santos la tenía. -Entonces estamos perdiendo El Tiempo –le dije. Le pedí que intentara por lo menos salvar la cara diciendo que se retiraba para defender con objetividad al gobierno. No nos despedimos. Convencido como estaba de que tenía que matar el gato de la verdad rápidamente, esa misma noche empecé a ofrecer cargos a diestra y siniestra. Sobre todo a siniestra. Claro que en el caso de Ultraderecha Forero de Sade fue más bien al revés. -¿Puedes venir a visitarme? –le pregunté. -Mañana estoy allá –me respondió, sospechando el objeto de su visita. -Preferiría hacerte una oferta ya mismo, si te es posible: mando un carro de vidrios oscuros a recogerte. Nos encontramos en la oficina del mentecato general de la presidencia. Después de un breve e interesado saludo fui directamente al grano: -Sabes que estamos al borde de la extradición –le dije-. A pesar de todo, ¿quieres llenar tu cartera con Salud? No necesitó ni un segundo para pensarlo: -Para mí sería un honor ser su secuaz, aunque sólo fuera por cinco minutos. Me levanté, enternecido y compungido, la abracé y le dije con una sonrisa: -Tienes razón, mi tiempo hoy me lo están midiendo por minutos; pero ayer era por segundos y espero que mañana sea por décadas... Acordamos una pronta consumación y me despedí de ella porque me anunciaban una comunicación con Senador Vitalicio Cossio, cuyo contenido preveía: -Nos vamos del gobierno –me dijo con voz lúgubre. Más que la decisión conversadora del retiro, que entendí perfectamente a pesar de tantos cargos oficiales aún por disponer, lamenté que ella afectara a mis leales y eficaces colaboracionistas. Esta manguala continuará... |
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