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Gokú de Nazareth

Si Jesús es para muchos medios el personaje más importante del milenio, Gokú lo es para los historiadores del dibujo animado japonés (anime). Redentor –pacifista- de este género en una época donde la violencia le susurró sus mejores ideas a la industria del entretenimiento, sigue vigente a cinco años de su adiós y a quince de su nacimiento.
Por: Chucky García
Editor de Música y cine, Calle22.com



El sensei ToriyamaEl poder de Sheng Long

La primera vez que se habló de anime en Japón fue en 1957 con la aparición de dos producciones del estudio Toei Animation, en el marco de la transformación cultural y social de postguerra. Años atrás, el modelo de dibujo animado estadounidense había calado entre las poblaciones más jóvenes, incluyendo a dibujantes y diseñadores, a pesar de la xenofobia que generaba entre un gran sector del público japonés.

De esta influencia y del compromiso de crear un puente generacional entre el viejo, el nuevo y el futuro estado nipón, surgió el anime, género muy particular que aunque está rotulado bajo un término propio de la lengua francesa, sigue conservando un arraigo abolutamente nacional y tradicionalista.

“Toriyama pulió su estilo, mezcla de aventura épica y encefalograma plano, y creó al personaje animado japonés más popular de todos los tiempos: Gokú”

Foro: ¿Existió en los años 90 una serie animada japonesa mejor que Dragon Ball?

Hasta comienzos de la década del 60 (1962), la escena mundial del cine animado descubrió esta corriente japonesa gracias a la difusión internacional que logró la novedosa obra de Tezuka Osamu, uno de los más populares mangaka de su país (creadores de cómics) y el hombre que a pesar de todas las generaciones de dibujantes sucesores aún conserva el título de maestro anime por excelencia.

No por ende, y por tener en cuenta que Osamu fue uno de los pilares de su expansión tanto en Japón como en Estados Unidos entre los años 60 y 80, la obra de otros sensei del manga y del dibujo animado japonés han quedado bajo la sombra del mito.

Akira Toriyama, uno de ellos, nacido en 1955 y entregado al dibujo tras desertar de la universidad y las escuelas de diseño, supo hacerse un nombre y una industria propia en tan sólo diez años de trabajo, tiempo en el cual surgió el gran redentor del anime en los años 90: Dragon Ball, Las Esferas del Dragón, serie originalmente creada en formato manga (1984) en la que un niño-mono llamado Gokú revive una antigua leyenda china (La Leyenda del Hombre Mono).

InicioEl poder de Sheng Long

El sensei Toriyama

Pero más que la versión de una leyenda, Toriyama creó toda una baraja de nuevas reglas de juego tanto para el cómic japonés como para su similar animado.

Hasta la aparición de Dragon Ball en la televisión de Japón (1985), éste había tenido dos épocas bien definidas: entre 1962 y 1972 gobernaron los soldados futuristas, los robots postnucleares y los monstruos de terror (Cyborg 009, Big X, Vampire, Mazinger Z...), ligados al prototipo de héroe americano; y entre 1972 y 1984 lo hicieron los guerreros callejeros, los freaks épicos y las mujeres poderosas (Science Ninja Team Gatchaman, The Castle of Cagliostro, Cutey Honey...), conectados al modelo del anti-héroe.

Con Dragon Ball, Akira Toriyama, quien publicó su primera historia en 1978 bajo el título de Woder Island, rompió con la monotonía y repetición de las anteriores fórmulas y, sin abandonar el lado conservador de su escuela mangaka -la misma de Tezuka Osamu, Toei Doga o Nagai Go-, implementó, tanto en dibujo como en narrativa, novedosos elementos de movimiento, color y tipo de secuencia.

Esto, según los entendidos, “multiplicó los diferentes puntos de vista que tenía el espectador y consiguió un mejor entorno para la trama, que a su vez dotó a los personajes de vida propia. Lo de Dragon Ball impuso una especie de tridimensionalidad, porque más que una imagen lineal todos los habitantes de la serie reflejaban una composición humana”.

“La narrativa gráfica que Toriyama”, según el Grupo Editorial Vid, empresa que editó la versión impresa en varios países de habla hispana, “logró incluir muchos elementos humanos como la inocencia, la amistad, la furia, la envidia, la lealtad y la aventura, en una trama única e inaplazable para cualquier adicto al anime o al manga”.

Por ser una historia abiertamente dirigida hacia el segmento infantil (aunque el público joven también terminó inmiscuido), Akira Toriyama tuvo muy en cuenta el tipo de “gancho” que debía utilizar para atrapar más lectores y/o televidentes.

En ese sentido, y en una época donde la violencia marcó la industria del entretenimiento, Gokú, un guerrero Saiyan-jin al que también se le conoce como Kakarotto o Son Gokuu, se mostró como un redentor pacifista en concordancia con el poder espiritual que promueve la serie y a pesar de haber aprendido letales técnicas de artes marciales chinas.

“En Dragon Ball se suceden sin descanso duros entrenamientos y fuertes combates que no tienen que ver con la promoción de la violencia”, escribió la prensa española en 1998. “Tienen que ver con ese aire de superación constante tan característico en la obra de Toriyama. Los torneos Mundiales (Tenkaichi Budokai) que supuestamente proclaman cada tres años al mejor luchador del mundo, le permiten a este creador y dibujante japonés poner periódicamente a prueba los progresos de sus protagonistas en un marco de distensión y esparcimiento muy dado al disparatado humor que tanto le gusta (...) No es de extrañar, por ejemplo, que en la técnica de combate definitiva y suprema, la Genkidama, Gokú actúe como un canal a través del cual se condensa la energía de todos los seres vivos de la Tierra en un acto de comunión suprema”.

InicioEl sensei Toriyama

El poder de Sheng Long
Contrariamente a su éxito, y sin tener a su paso mayores censuras, la obra cumbre de Toriyama dejó ver su último capítulo original el 6 de mayo de 1995, en el magazín de manga Weekly Shonene Jump, el mismo en el que se inició. El excesivo ritmo de trabajo que tuvo que afrontar el sensei Akira le llevó en el mismo año a cerrar el anime de Dragon Ball (que en el momento atravesaba su segunda parte, Dragon Ball Z), y de hecho a abandonar por algún tiempo su producción de historias.

Un estudio japonés de animación decidió entonces afrontar la demanda que la serie para televisión tenía, retransmitiendo masivamente sus dos primeras partes y agregando así mismo una nueva saga, Dragon Ball GT (1996), que por su inclinación comercial y poco artística no recibió la atención de la crítica.

Las reapariciones de Akira Toriyama con historias y personajes como Cowa, Capsel Man, y Kajika –su más reciente aventura manga donde el espítiru de un zorro se introduce en el cuerpo de un niño- no pudieron erguirse con una personalidad tan arrasadora como las de Dragon Ball y Gokú.

Esto llevó a que, lejos de morir y como sucede en la historia, Gokú continuara resucitando. La mayoría de seguidores de Toriyama -y del anime en general- hoy se reencuentran con los 42 volúmenes de su edición manga, los centenares de capítulos para televisión, las versiones para videojuego o los episodios para cine. El fenómeno es mayor si se tiene en cuenta que el perfil de Dragon Ball supera con facilidad el de muchas series sucesoras.

La historia del niño-mono que recorre el mundo en busca de sietes esferas amarillas para que Sheng Long, un dragón milenario, le conceda cualquier tipo de deseo –casi siempre la resurrección de sus amigos que han muerto en combate- se mantiene tan vigente como en el primer día que sacudió la fantasía del pueblo japonés.

Para los que todavía no creen en Las Esferas del Dragón, basta citar el hecho de que a su autor, Akira Toriyama, ya se le han cumplido varios deseos. Como el de ser el padre de “Gokú de Nazareth”.


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