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El crimen gráfico

Conozca a Neil Gaiman, el inglés que oxigenó el cómic para adultos en los 90, se llenó los bolsillos de dinero y además se convirtió en objeto de culto de escritores como Norman Mailer y Stephen King.
Por: Ernesto Rivera
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“Sandman es, además de muchas otras cosas, una historieta para intelectuales. Y me parece que ya era hora”: Norman Mailer.



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Flaco, alto y decididamente dark. Con una imagen que parece un clón entre Robert Smith -el cantante de The Cure- y el poeta maldito Nick Cave. Así es Sandman el Dios de los Sueños, el cómic con que el inglés Neil Gaiman hechizó a Norman Mailer y a Stephen King, y de paso revolucionó las historietas para adultos en los Estados Unidos.

El tipo nació sin inhibiciones y a la hora de escribir se convirtió en un hereje capaz de crear historias que revelaban pactos secretos entre Shakespeare y el Dios de los Sueños, y que también parodiaban a la propia industria del cómic, como sucedió en un capítulo dedicado a burlarse de una convención de asesinos seriales y otros donde se escondían citas textuales de escritores legendarios.

Como si fuera poco, el hombre se topó con Dave McKean, un artista plástico de paleta oscura, cargada de texturas revulsivas, con quien desde 1986 inició una sociedad creativa para el crimen gráfico. Sus fechorías fueron patrocinadas, en comienzo, por la revista británica Escape y luego por un álbum llamado Casos violentos.

De ahí en adelante Gaiman y McKean se volvieron siameses, idénticos en deformidad y talento. Y para avanzar en su carrera se aliaron con otros gángsters como la gente de DC Comics (los mismos que alguna vez se enorgullecieron de haberle robado el copyright de Superman a sus autores originales, Jerome Siegel y Joe Shuster).

La alianza entre el charm británico y la topadora de ventas norteamericana surtió efecto y, a partir de Sandman, DC Cómics tuvo que inventar un subsello dedicado exclusivamente a los cómics para adultos -Vértigo- que alcanzó niveles de ventas similares a los de los architradicionales y supervendedores Batman y Superman.

El tipo del sótano, los gatos y la noche

Fanático confeso de escribir de noche, encerrado en el sótano de su extraña casa a medio derrumbarse, Neil Gaiman, vive junto a su mujer sus hijos, sus gatos y los miles de libros que coleccionó a lo largo de cuatro décadas.

Es lo que se llama un tipo raro, un freak que regurgita, desde su sótano repleto de polvorientos sillones y libros, historias en las que devuelve lo que la cultura le ha dado de comer desde que era niño.

Es a su manera un bulímico de la cultura urbana, que le dictaba poemas a su mamá cuando apenas tenía tres años y a quien el orientador vocacional de la escuela le recomendó que estudiara abogacía.

Sin embargo -aunque Gaiman siempre tuvo vocación para el crimen- nunca pudo superar ciertos escrúpulos, por lo que mientras aprendía por su cuenta cómo escribir guiones de historieta, cambió la abogacía por el periodismo.

“Me pasé una década escribiendo para ganarme la vida -cuenta en Angels & Visitations-, así aprendí mi oficio. Cuando comencé tenía poco talento, apenas la convicción de que era un escritor, y la suficiente arrogancia y orgullo como para seguir insistiendo”.

Además de escribir, su otra gran pasión es la noche. “Aunque ya no creo que ser un adulto sea todo lo bueno que prometía ser, todavía disfruto quedándome despierto cuando el resto del mundo se va a dormir", confiesa en el prólogo de su álbum Mr. Punch.

Del Sueño a la pesadilla

En los útlimos años, al hombre se le aflojaron algunas tuercas entre los parietales, pero demostró que de tonto no tenía ni un pelo. Al negociar con DC Cómics las condiciones de su contratación, consiguió que los piratas editoriales le cedieran la decisión de cuando poner fin a su personaje.

Por eso cuando –en marzo de 1996 y luego de 75 capítulos- al Dios de los Sueños le llegó la hora de probar un poco de la medicina de su hermana muerte y las tentaciones de DC Comics para no perder el negocio comenzaron a llover sobre su cabeza, él mantuvo firme en firme la fecha de defunción.

Al fin y al cabo, Gaiman era un delincuente literario, pero tenía sus escrúpulos y un excelente contrato firmado.

De esta forma, el inglés evitó que Sandman y su bella hermana pasaran por la pena de convertirse en arrugados cadáveres de tinta, vacíos al estilo “Superman, el geronte de acero”, a la espera de que algún alma piadosa les proporcione una caritativa eutanasia editorial y los salve de vivir repitiendo una y otra vez la misma historieta.



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