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El obrero que topó con los huesos ya no trabaja con la compañía. Nadie volvió a saber de él, y sus compañeros ni se arriman a la casa. En las tablas del piso quedó el hueco donde se encontró al hombre, y unos metros más allá, en lo que queda de una pared, estaba empañetado el niño. La mansión debe tener más de dos siglos. Construida por los Barrera, unos encopetados terratenientes de Tunja, con el paso de los años se entregó a la decadencia del barrio. El primer burdel, a media cuadra, se llamaba la Casa Azul. Justo al frente se instaló otro, luego otro al lado y en cuestión pocos años el sector se convirtió en la zona roja de Bogotá. A los antiguos habitantes les tocó irse.
Hasta hace apenas unos quince años, aún se podía comprar sexo añejado en el interior de la mansión. Pero desde entonces permanece abandonada. "Tangos, Milongas y rancheras" todavía se alcanza a leer en una de las puertas de la fachada. Unos pocos burdeles -entre ellos la Casa Azul- sobreviven en el sector pero sus días están contados gracias a la recuperación que varias universidades han promovido en la zona. La casa abandonada en la que aparecieron los cadáveres hace un par de años fue adquirida por la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Allí se planea construir un moderno edificio con aulas y talleres para varias facultades. Y mientras la demolición se reanuda, se esparce el rumor de los muertos. La Dura Orlando, 32 años, vigilante. "Eran como las diez. Era la primera vez que me tocaba el turno de la noche. Yo estaba en el patio buscando un pedazo de cuerda... De pronto sentí algo raro, no sé, un ruido. Yo ahí mismo pensé, ¡miércoles, salgamos ligero de aquí! Y cuando me di la vuelta fue que la vi. Era enorme, mucho más alta que yo, iba vestida como con una bata roja y descalza. Del susto tan macho no pude ni gritar. Era la Dura."
"Ahí mismo llegaron tres compañeros revólver en mano. Yo no subí de físico miedo, pero los que subieron no encontraron a nadie. Yo ahora no me arrimo por allá porque sé que ella me vio y no quiero que se enamore de mí". Las bestias Desde afuera, la casa todavía se ve imponente. Es casi simétrica y tiene los aleros adornados con frisos de hojas de parra, las mismas que a Adán y Eva les cubrían sus partes íntimas. Sin embargo, es curioso que a pesar de que el barrio está infestado de palomas, ninguna se pose en las ventanas y barandales del burdel abandonado.
Una vez adentro, se llega a un patio con piso de ajedrez levantado por los años. Allí reposa media docena de inodoros vueltos astillas, esquirlas de porcelana que parecen dientes de dinosaurio entre la suciedad. Entre la maleza, una tarántula oxidada del tamaño de una mesa -experimento abandonado de alumnos de diseño industrial- se asoma amenazante. En una esquina del patio, justo delante de un angosto corredor hay un hueco en el piso. Ahí fue donde dicen que encontraron el muerto. "Un señor muy elegante, cliente del prostíbulo, pero la Dura se enamoró de él. Y como él tenía su hogar por otro lado, ella quería tenerlo siempre a su lado", dice un viejo que varias puertas más al sur se aferra a la vida con la ilusión de vender un velero de madera y unas fotos pornográficas desteñidas. Los cuartos del segundo piso, unos siete en total, son los mejor conservados. Los altos techos están adornados con relieves de flores. Algunos cielos rasos han cedido a las goteras y en las paredes la humedad ha dibujado paisajes etéreos. Aquí nadie sube, sólo de vez en cuando se aventuran alumnos de Bellas Artes para hacer instalaciones. Pero el miedo los vence y han dejado abandonados sus trabajos: trozos de maquetas, tarros de pintura y alambres retorcidos se confunden entre las tablas desprendidas del piso. Avanzar por el corredor en ruinas que separa los cuartos en que durante años se amó por dinero produce una ansiedad como de querer devolver el tiempo. Si las paredes hablaran... Una puerta está abierta. Adentro la escena es inverosímil: el esqueleto destartalado de un caballo, recostado contra la ventana, da la bienvenida. Frente a él docenas de tarritos desechables parecen rendirle culto al monstruo. Nadie sabe de quién es y cómo llegó allí: en la Universidad no hay facultades de veterinaria o biología.
La condena El ingeniero residente afirma que no sabe de la historia y no conoce al obrero que desenterró los huesos. En los pocos meses que lleva en la obra no ha escuchado ni sentido nada raro. "De vez en cuando una riña de borrachos y prostitutas en la calle". Pero los vigilantes y obreros están convencidos de que la casa sí tiene algo raro. Algunos de ellos dicen que allí se les pierden las herramientas: "uno deja el palustre en el piso, se voltea un momentico y ya no está. Toca irlo a buscar al cuarto de al lado o en el segundo piso". Los alumnos de la universidad no están de acuerdo con la demolición de la vieja casa. Incluso varios han hecho propuestas para restaurarla y que sirva para dictar clases. Pero la casa está condenada a muerte. Lo más seguro es que allí se construya una moderna mole de concreto y cristal. Y el fantasma de una prostituta que por amor asesinó a su amante y que por dolor hizo lo mismo con su hijo recién nacido tendrá que resignarse a pasear su condena por los corredores y salones de un moderno edificio en pleno centro de Bogotá. |
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