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"Alma bebe ensimismada. Carvalho se apodera de la carta. Hace una bola de papel. Duda sobre qué hacer con ella. Finalmente va hacia la chimenea, pero se mete la bola en el bolsillo. Se predispone a encender el fuego. Alma contempla distendida sus movimientos hasta que ve que coge un libro y empieza a destrozarlo. Pero ¡pero!, ¡serás boludo! Trata de levantarse para impedírselo. Ya es tarde. El libro arde y contagia a toda la pila de teas y leña. ¿Estás loco? ¿Qué sos vos, un facista? Los facistas son los únicos que queman libros. Carvalho se entrega a la comodidad de un sofá mientras enciende un puro. Es una vieja costumbre. Leí libros durante cuarenta años de mi vida y ahora los voy quemando porque apenas me enseñaron a vivir. -Eso parece Julio Iglesias. Contempla a Carvalho y la hoguera, todavía alarmada. ¿No habrás quemado a algún autor importante, no? -Creo que se llamaba Ernesto Sábato. No se de que iba. Me parece que el título era algo así como Tango. La Canción de Buenos Aires. Alma está al borde del ataque de ira. !Pero si es precioso¡ -Qué se joda. El otro día quemé Adan Buenosayres. -¿Me estás diciendo que vos te atreviste a quemar la novela de Marechal? -No me importa de quien sea. -!Pero si es nuestro Ulises¡ Alma está definitivamente indignada. -Sos un puro facista. ¡Un cocinero¡ -La cultura no te enseña a vivir. Es sólo la máscara del miedo y la ignorancia. De la muerte.
Así el escritor catalán Manuel Vásquez Montalban y su personaje principal, el detective Pepe Carvalho, justificaban la quema de libros y de autores. Un acto tradicional en el que las palabras dejaban de descansar sobre el papel para hacerlo sobre una nueva tumba que los iba desnudando de la imprenta y llevando al cementerio del fuego. Claro que esta práctica fue vista por muchos con malos ojos, sobre todo si se entiende que durante muchos años libro y hoguera fueron sinónimo de censura. En la biblioteca de Alejandría, por ejemplo, se perdieron más de 400.000 libros en tres incendios. En el 272 d.C. por orden del emperador romano Aureliano; en el 391, cuando el emperador Teodosio I la arrasó junto a otros edificios paganos, y en el 640 por los musulmanes bajo el mando del califa Omar I (c. 581-644). Así mismo el 10 de mayo de 1933, tres meses y medio después de la toma del poder por Adolf Hitler, ardieron las primeras hogueras frente la Universidad Friedrich-Wilhelm de Berlín incentividas por estudiantes nacionalsocialistas que arrojaban a las llamas las obras catalogadas como "degeneradas" y anti-alemanas de escritores incómodos como Heinrich Mann, Sigmund Freud, Karl Marx, Kurt Tucholsky, Carl von Ossietzki y Erich Kästner. A pesar de esto y no con el fin de la censura, sino buscando darle a cada cual el lugar que se merece, un poco en serio, un poco en broma, Calle22.com le preguntó a varios editores, escritores, filósofos y lectores por una lista de libros y de autores que ellos mandarían a ese espacio infinito llamado fuego. Las trece respuestas se ajustan a gustos propios y aparecen juntas, pues el fuego llama al fuego. Hay que aclarar, eso si, que como toda lista acepta críticas y sugerencias y que hubo quienes, como el director de la Bibiloteca Nacional de Colombia, Carlos José Reyes y como el librero Rodrigo Hungar, prefirieron no mandar al fuego a los libros argumentando razones válidas. El primero por conciencia, "un libro, aún los más ignominiosos deben quedar vivos. Son la memoria de la humanidad" y el segundo, que por su descendencia judía cree que "nadie merece ir a la hoguera". Aquí la lista de los trece del patibulo sin más explicaciones que los nombres del autor o de alguna de sus obras. Al fin y al cabo la hoguera no distingue el fuego santo del fuego profano:
Así, pues, como dice el detective Pepe Carvalho "Siempre hay algo que tirar a la hoguera" y si no que lo diga el propio Miguel de Cervantes Saavedra, quien en El Quijote hace que el cura y el barbero quemen los siguientes libros: Las Sergas de Esplandían. Amadis de Grecia. Don Olivante de Laura. Florismate de Hircania. Jardín de flores. El caballero Platir. El caballero de la Cruz. Espejo de Caballerias. La Diana. Los diez libros de Fortuna de Amor. La Araucana, entre otros. Al fin y al cabo muchos de los libros que nacieron con la esperanza de ver la luz, no alcanzaron sino a morir, un martes 13, bajo el calor del patíbulo... |
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