



 
 
















|
 |

Volver a
Mari, la monja
| |
| Ango
Calle22.com
| |
 | |
|
"Señoras y señores, permítame robarle un minuto de su tiempo. Yo no hago esto para vicio, sino para poder vivir dignamente". Esa era mi frase, la frase que repetía todos los días. La que decía con facilidad. Y eso que yo soy de pocas palabras. Pero es que esas salían como un eco de mi mente. Con lluvia o sol. Con dolor o ausencia. En el barrio, cuando me saludaban, todos me conocían como Maritza Zamudio, la Mari, la de la esquina, la loca. Todo el mundo me decía así. Desde chiquita me gustaba aventurarme por las calles, coger rutas y acabar en un lugar distinto. Por eso aprendí a vender de todo en las rutas. Desde chocolates hasta lápices. Desde oraciones, hasta crucifijos. Sin embargo, los últimos tres años de mi vida siempre cogí el mismo bus. El de don Efra, un hombre simpático y cincuentón al que le gustaba el fútbol y la salsa, y que me permitía vender mis crucuifijos en su buseta, La Pecosa como la llamaban todos, pues un golpe por allá en el cruce de la 80 la había llenado de remaches en los lados.
En la buseta de don Efra siempre me ganaba unos pesitos. Algún alma buena me compraba un cristo de madera, lijado, hecho con amor y que les repito cuya plata no será para comorar droga sino para vivir dignamente. Cómo me gustaba, al día vendía como diez o doce, a 1000 pesitos que no le quitan ni le ponen a nadie.
Con don Efra, bueno Efraín Alzate, nos fue uniendo la necesidad. Él era mi cómplice silencioso del trabajo que cada diez o treces cuadras, ese número, me dejaba vender y me daba cariño. Claro yo tenía que pagarle de vez en cuando con algun favor de mi sexo o de mi boca, favores que en nada me dolían y que en cambio me gustaban, pues él era cariñoso conmigo. Es más, me había cambiado el Mari, el apodo de la vida, dizque por la monja, porque como siempre andaba con el crucifijo en la mano.
Claro que hace como dos tres años, un martes 13, de pronto dejé de verlo. Don Efra no volvió. Ese día lo recuerdo muy bien. Yo lo esperé puntual donde siempre y La Pecosa pasó derecho. Como si yo fuera un fantasma. No me quiso parar y eso que la perseguí y le silbé casi dos cuadras, y eso que saqué el crucifijo, la señal para que lo dejen subir a uno a vender, y le pedí que me parara. Pero no, que va, no lo hizo. Yo no se que pasó. Primero pensé que estaba bravo conmigo. Que mis cariños ya no le gustaban. Después de como tres días de estar esperándolo me di cuenta que no me veía. Entonces me tocó cambiarme de bus. Montarme a cualquiera que pasara, al que fuera. No iba a volverme a encariñar con ninguno.
Un día, sin embargo, santísima madre, me subí a La Pecosa. Se lo juro. Fue suerte. Pero como no iba a provechar la oportunidad. Como no iba a reconocer a La Pecosa, mi segundo hogar. Claro que era ella, la EFG 765 con placas de Ubaque. Con sus manchas a los lados. Con su tapizado de lujo y con toda esa parafernalia bonita que tienen por dentro que hasta parece un tumba. Apenas la ví, le extendí la mano y me paró. Yo no se si fue porque antes se subió otra señora. O qué. Lastima, eso si, que nadie me compró. Bueno hace mucho que nadie me compraba a pesar de que yo les dejaba el crucifijo en las piernas, en los brazos. A pesar de que se los entregaba con el alma.
Claro que ese día que me subí a La Pecosa me dio mucho pesar. Me dio como un dolor en el alma. Dolor con don Efra. Dolor de no verlo ahí, chofereando. Dolor de la respuestas que me dieron. Porque eso sí, yo tuve que preguntar por él. Obvio, yo conocía su casa, su cama, pero no iba ir a preguntarle a la mujer por su marido. ¿Se imagina el problema?
Lo cierto es que Jan Carlo, el nuevo conductor, apenas me le acerqué a preguntarle por don Efra casí se muere del susto. Eso me miró como quien ve a un fantasma y frenó a toda. Pero que va, lo cierto es que entre asustado e incrédulo me dijo que a Efraín, a mi Efra en la ruta, lo habían metido a la cárcel por haber matado a una mujer a punta de crucifijos hace como dos o tres años.
Me contó que él, Jan Carlo, no muy churro, era apenas el primo que manejaba La Pecosa mientras Efra salía, si es que lo hacía. Yo me reí, el Efra mantando con mis armas.
Jan Carlo me dijo que estaba en al cárcel hasta el 2002 y que estaba como loco. Que lo único que decía y repetía era: la monja, la monja. Tan lindo don Efra pensando en mí. No se por qué pero desde ese día no he vuelto a ver a la Pecosa, ni a Jan Carlo, ni a nadie. Claro que he oído que la buseta está por ahí desocupada porque nadie quiere manejarla.
Yo como que voy a cambiar de trabajo, pues además cada vez que muestro un crucifijo a ver si algún conductor me para, ninguno lo hace y en cambio aceleran... Ahh, ¿qué será?
|
|