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¿Soriano?, me suena.
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| | Sólo dos de cada diez alumnos de periodismo en el Taller Escuela Agencia de Buenos Aires saben quién fue Osvaldo Soriano. En Calle22.com, una semblanza que intenta hacer justicia con el gran escritor argentino que describió al país como ningún otro. | Por: Luciano di Vito
Calle22.com, Buenos Aires
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| las reinvidicaciones tardías, los arrepentimientos y sobre todo aquellas últimas líneas que escribió: “No tengan piedad de mí: la memoria, si voraz y |
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El gordo y el flaco retornando a Nueva York, el primer peronismo, un boxeador, un cantante de tangos, el penal más largo del mundo, un escritor que recorre las rutas de la Argentina con el encargo de escribir una imposible guia de pasiones vernáculas, el ojo de la patria fijo en los verdaderos próceres, las distancias entre la gloria y los pueblos que ni existen en los mapas y la obsesión por su padre y los gatos. Así de casuales e impredecibles eran los personajes y situaciones de los libros de Soriano.
Pese a ser contemporáneo, para muchos es un desconocido. Escribió seis novelas y tres colecciones de relatos entre 1973 y 1996. Pero si se quiere, Osvaldo Soriano no fue el estereotipo de intelectual que aborrece lo popular, por ejemplo el fútbol o el rock. Confeso y hasta desesperado hincha de San Lorenzo de Almagro, sus páginas de literatura y pelota son por demás memorables.
Centrodelantero en su juventud, llegó a la literatura con los botines puestos. Acérrimo defensor de los talentosos, alguna vez en Italia lo vio a Diego Maradona haciendo jueguito con los cordones desatados, con una naranja que nunca cayó al suelo. Sus artículos deportivos en el diario Página/12 aún hoy mantienen una misteriosa vigencia.
Fue amigo de Cortázar en el exilio provocado por la dictadura; coeditaron la revista Sin Censura. Fue uno de los pocos en estar en el momento de la muerte del autor de Rayuela y abatido por la tristeza, anduvo con pesadillas y molestias hepáticas por la soledad tremenda que rodeaba a su amigo Julio.
Paradojas aparte, en el último tramo de su vida Soriano se acercó a Adolfo Bioy Casares y no dudó en recomendar a quien quisiera escucharlo las bondades de Dormir al sol, una novela perfecta de Bioy. La última novela de Soriano, La hora sin sombra, debe su nombre a una cita de un poema de Borges. Soriano no sabía qué nombre ponerle y una noche recurrió a una lectura donde encontró a primer vistazo esa frase que le daría la inspiración para el título.
Al igual que en los libros de Bioy, había algo de fantástico en los suyos. Pero también de aventuras, como en las lecturas de la infancia donde piratas y corsarios hacían de las suyas. El sino trágico, y a veces cómico, lo ponía la Argentina.
Es que a muchos de sus pares le resultaba molesto, fuera de época (su socialismo, su adhesión a las Madres de Plaza de Mayo, entre otras cosas) y oportunista. Muchos lo decían desde la envidia. El reconocimiento económico le llegó un par de años antes de su muerte: su pase de una editorial a otra (de Sudamericana al Grupo Editorial Norma) fue digno del fútbol, ningún escritor argentino había cobrado tanto. Hablaban de casi medio millón de dólares.
Tímido, trasnochador y gran contador de historias, el Gordo Soriano dejó un lugar demasiado grande y único no sólo en la literatura sino también en el periodismo. Algún resentido llegó a decir que Osvaldo Soriano era para la literatura lo que Menem era para la política.
Cualquiera podía acercarse a él. No estaba lejos. El maldito cáncer de pulmón lo embarcó en una nueva aventura. No quería morirse y hasta último momento permaneció con asombrosa lucidez.
Sus ganas por vivir, tantas por escribir, eran acaso el otro mensaje, el que perdura junto a su obra. Su último plan de trabajo era una novela sobre Carlos Gardel. Luego la muerte, un 29 de enero de 1997, las reinvidicaciones tardías, los arrepentimientos y sobre todo aquellas últimas líneas que escribió: “No tengan piedad de mí: la memoria, si voraz y violenta, es una materia exquisita”.
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